Crimen en la peluquería

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El inspector Terreiro y su fiel ayudante Bobadilla, se encontraban discutiendo los pormenores del último caso. Pizza va, Huella y lupa2café viene, los dos se fueron concentrando en las fotos del lugar del crimen…

─¿Ha visto estas marcas?

Bobadilla se acercó pegando la punta de la nariz a la foto.

─No llego a darme cuenta de qué pueden ser…

─Lo más curioso es que todo estaba en su sitio, como si el asesino fuera un conocido del occiso.

─Eso es fácil, también podría haber sido un cliente que al darse vuelta el peluquero, lo sorprendió con cloroformo.

─Pero la pericia no dice nada de cloroformo ─respondió el inspector con el ceño fruncido.

─Esas cosas se evaporan rápidamente, no debemos descartar esa hipótesis ─agregó Bobadilla muy serio.

─Mira el cráneo de este hombre ─dijo Terreiro, sacando otra foto del expediente.

─Sí, el arma parece la misma que dejó esas marcas extrañas.

─¡Correcto, Bobadilla! Por eso debemos volver al lugar, para investigar un poco más.

En eso estaban cuando el oficial Martínez se acercó a ellos. Se detuvo un momento alargando el cuello sobre el hombro del inspector. Y éste se dio vuelta de pronto interrogándolo con la mirada.

─Señor, una mujer lo busca ─dijo rápidamente el oficial.

─¿Quién es, oficial? ─respondió Terreiro secamente.

─Dice que es la viuda de Bufarreta.

─Ah… Sí, dígale que pase, oficial…

El oficial dio media vuelta y caminó con prisa para buscar a la mujer.

─Espere, un minuto, ¿cómo se veía la señora?

─Muy arreglada, señor, con un vestido extravagante y un peinado muy alto.

─Bien, gracias, tráigala, por favor.

Un minuto después, hacía su entrada una mujer alta, esbelta, con un vestido de colores chillones, mucho maquillaje, sobre todo en los labios que parecían fruta a punto de reventar y un peinado alto, con un rodete y uvas que colgaban en racimos.

─Inspector Terreiro… ─alcanzó a decir la mujer justo antes de largarse a llorar.

─Señora, ¿se siente Ud. bien?

─Disculpe, inspector. Es que todo es tan reciente…

─Lo sé. Estamos investigando, tenga la certeza de que encontraremos al asesino.

─Espero que sí, inspector. Estoy tan acongojada ─dijo largándose a llorar nuevamente.

─Tenga ─el inspector alargó un pañuelo a la mujer.

─Gracias… ─se sonó la nariz y siguió hablando─ ¿Tienen alguna pista?

─No podemos comentar los resultados de la investigación, señora. Pero tenga la seguridad de que estamos en la pista correcta.

─Bueno, inspector. Cuanto antes lo encuentren, antes descansará mi querido… ─y se largó a llorar nuevamente.

La mujer salió de la comisaría con un contoneo de borracha, llevándose por delante a dos oficiales que entraban.

─¿Eso qué era? ─dijo uno─. ¿Una mujer o una frutera?

Mientras tanto el inspector Terreiro llegaba a una conclusión importante.

─Tenemos que volver al lugar de los hechos. No encontramos suficientes pistas. Algo más tiene que haber.

─Inspector… ¿no le pareció sospechosa la mujer?

─¿Por qué lo dice? ¿Por su forma de llorar, su maquillaje o su peinado?

─Las tres cosas, inspector.

─Veamos… lloraba como alguien que tiene hipo, se pintó como alguien que no tenía luz en el baño y su peinado… eso sí me resultó alarmante. Creo que está tan confundida la pobre que tomó una frutera por sombrero.

─Ah… Usted piensa que la muerte la afectó demasiado…

─Así es. Verá… A veces los más sospechosos son los menos involucrados en el crimen.

─Si Ud. lo dice…

─Te lo demostraré cuando vayamos al local.

El inspector y su ayudante llegaron al negocio del fallecido, una coqueta peluquería sobre una calle transversal a una avenida muy transitada. La puerta se encontraba clausurada con una faja de la policía. La rompieron y entraron. Encendieron la luz y se encontraron con el triste espectáculo de un lugar parecido a un colador. Las cortinas, los sillones, los espejos, todo había sido atacado.

─¡Aquí hay algo que no había visto! ─dijo emocionado el inspector, y sacó algo de atrás de un sillón.

─¿Qué es?

─Mire ─el inspector le acercó a Bobadilla una pieza metálica.

─Es una tijera de cortar puntas.

─¡Qué bien! Por eso es que es tan filosa.

─¿Ud. cree que es el arma homicida?

─Creo que podría serlo. Tenga, póngala en una bolsita. Y mire… acá hay otra cosa interesante. Una revista de modas…

─¿Eso es interesante? ¿No es algo común en una peluquería?

─No lo sé aún. A ver… Fíjese, la fecha de esta revista. Es de ayer. Esta revista no la pusieron para los clientes, la trajo un cliente. El último cliente.

─¿Cómo sabe eso?

─Porque en las peluquerías, al igual que en los consultorios, siempre dejan las revistas viejas. En cuanto a los clientes, otro se la habría llevado. Solo el último, el que no deseaba perder tiempo en irse del lugar, la habría dejado. Está recién comprada. Llevémosla para tomar huellas. Esta revista es nuestro pasaje a la solución del caso, Bobadilla.

Los dos hombres siguieron hurgando en el local, removiendo cada objeto y observando todo con detenimiento. Al cabo de un rato decidieron que se daban por satisfechos y volvieron a la seccional.

─Inspector, lo esperan en la morgue municipal ─dijo el Jefe de Policía.

─Claro, jefe, ya estoy yendo.

─¿Encontraron algo valioso?

─Un par de cosas, a mi vuelta le explico.

Camino a la morgue, el inspector y Bobadilla vieron a la señora viuda saliendo de una confitería. Iba con ella otra mujer, de su misma edad, aparentemente. Los dos hombres trataron de hacerse invisibles detrás de un árbol.

─Mire bien, ella lleva otro peinado extraño hoy.

─Y la amiga tiene un gusto exageradamente extraño para los peinados también.

─Sí, así parece. Fíjese de dónde salen…

─Es una confitería común…

─Vamos, echemos un vistazo.

Los dos se acercaron y entraron. Algunas personas se dieron vuelta para mirarlos. Ellos destacaban en el lugar pintado de violeta y adornado con cuadros abstractos, por llevar una apariencia convencional.

Preguntaron una dirección al mozo y luego de obtener la información, volvieron a salir.

─Es muy extraño, todos llevaban peinados extravagantes.

─Es la primera vez que veo esto en Buenos Aires.

─Yo también.

Se alejaron meditando sobre lo que habían visto. El inspector se preguntaba si era posible que el atacante fuera una mujer. No lo convencía esa hipótesis, ya que el peluquero era un hombre de un metro ochenta de estatura.

En eso estaba cuando llegaron a la morgue. Allí los recibió un hombrecito panzón, con manos enguantadas y un barbijo: era el forense. El médico les comentó el caso.

─Estas heridas son muy curiosas.

─¿Podrían haber sido hechas con unas tijeras de peluquería?

─No… Es raro, no tienen forma puntiaguda, no puedo imaginarme qué es aún.

─Bien, apenas sepa algo nos lo hace saber.

Esa noche el inspector la pasó en su casa, mirando televisión. Haciendo zapping pasó por un canal de modas y la curiosidad lo hizo detenerse en un programa que mostraba ropa y peinados de vanguardia.

En ese momento recordó la revista. Había dejado el original en el laboratorio, para obtener las huellas, pero había comprado otra igual para ver de qué se trataba.

─Esto es interesante…

En la página central, una modelo lucía un tremendo tocado hecho con su propio cabello en forma de nido y dentro de él asomando, unos pájaros comiendo duraznos. Lo más curioso de todo no era el motivo en sí, sino que los pájaros estaban vivos…

Después de eso, nuestro inspector se fue a dormir. Soñó con peinados en forma de torre de Pizza, de peceras, de pirámides con camellos y muchas otras más, hasta que una serpiente que surgía al desenroscarse el rodete lo asustó y lo despertó sobresaltado.

Corrió entonces a la cocina, se lavó la cara y preparó un café. Eran las seis de la mañana, pero ya no podía volver a dormir. Entonces se vistió y fue al kiosco de diarios a buscar un matutino.

Los titulares del diario lo despertaron aún más: “Convención de peinados fracasa estrepitosamente”. Leyó con avidez la noticia, para enterarse de que la mujer del peluquero muerto había intentado sabotear la reunión llevando una caja con pulgas y ahora estaba arrestada.

El inspector hizo unas llamadas a la seccional y allí le informaron quién había hecho el arresto. Llamó al oficial y le preguntó:

─¿Sabe usted por qué era tan importante para la mujer esa convención?

─Lo único que dijo es que no respetaban la memoria de su marido.

─¿Nada más?

─No, nada. Pero había una mujer muy interesada en despeinarla, una mujer casi calva que no le sacaba los ojos de encima.

─¿Sabe quién era?

─Me dijeron que era una modelo muy conocida.

─Ahora me van cerrando algunas cosas… ─murmuró el inspector.

Un rato después, Terreiro estaba de vuelta en la seccional.

─Buenos días ─saludó a los pocos agentes que desayunaban con medialunas.

─Aquí están sus huellas, inspector.

El inspector abrió la revista y la mostró al agente que había hecho el arresto.

─¿Fue esta la mujer que vio en la convención?

─Mmm… puede ser, pero yo la vi casi sin pelo.

─Entonces eso podría haber sido un motivo. Imagínese que el peluquero le estropeó el cabello y ella se vio perjudicada… Vamos, inspector, tenemos que encontrarla ─se escuchó a Bobadilla que había entrado sigilosamente.

─¡Ah! Con que haciendo su aparición por sorpresa…

─El elemento sorpresa es la clave siempre, inspector.

─Vamos, pero primero quiero saber de quién son estas huellas.

Abrió el sobre de papel madera y sacó una hoja de informe.

─Con que son desconocidas, por lo menos el asesino no tiene prontuario.

─Vayamos a conseguir huellas entonces.

─Sí. Comencemos con la modelo. Veamos dónde vive. Podríamos preguntarle a la viuda. Ella debe conocerla.

─Claro, la tienen en la seccional de Lanús.

Inspector y ayudante se dirigieron a la comisaría. Allí encontraron a la mujer echada sobre el catre de la celda.

─Señora, ¿cómo está? ─preguntó Terreiro mostrándose cortés con la mujer que se encontraba toda despeinada.

─Ah, inspector. Me han tratado bien.

─¿Qué pasó?

─A veces una piensa que está con la mejor persona del mundo y después se da cuenta de que fue todo un engaño…

─¿A qué se refiere?

─Encontré en un cajón de mi marido una nota, una pequeña carta de amor.

─¿Sabe de quién?

─De esa estúpida engreída que sale en todas las revistas de moda ─dijo la mujer sin ocultar su enfado.

─¿Ella se peinaba con su marido?

─Claro. Mi marido era especialista en peinados temáticos. Peinaba a la mayoría de los que fueron a la convención.

─Aja. ¿Usted se da cuenta de que este es un dato muy importante? ¿Por qué no me lo dijo antes?

─Porque quería hablar con ella. Necesitaba decirle unas cuantas cosas.

─¿Sabe dónde puedo encontrarla?

─Siempre está en un club, el club de la calle Diagonal Norte al 700.

─Muchas gracias. Y no se preocupe, lo suyo no fue tan grave, pronto la dejarán salir.

─Gracias, inspector.

Terreiro y Bobadilla se acercaron al gimnasio. Miraron todas las salas de aparatos, de gimnasia y por fin encontraron a la mujer en el vestuario, lista para salir.

─Señora, buenos días, queríamos hacerle unas preguntas ─dijo el inspector mostrándole la placa.

─¿De qué se trata, señor?

─Inspector Terreiro.

─Bueno, ¿de qué se trata, inspector? ─dijo recalcando la última palabra.

─Vayamos a un lugar tranquilo, serán solo unos minutos.

─El bar del gimnasio está por acá ─dijo ella señalando el camino.

Se instalaron en una mesa y en seguida se acercó un mozo. Pidieron un café para cada uno y comenzaron a hablar.

─¿Sabe usted que el señor Bufarreta fue asesinado?

La mujer comenzó a temblar notablemente.

─¿Asesinado?

─Sí. En su peluquería.

─Sabía que falleció. Me lo dijo su esposa. Pero no me dijo cómo.

─¿Usted no sabe nada entonces?

─La última vez que lo vi me hizo este peinado nuevo.

─¿Por qué se cambió el peinado, si se puede saber?

─¿Cómo sabe que lo cambié? ─dijo mirando para abajo.

─Porque la vi en una revista que salió hace poco.

─Ah, la revista Ser Vos.

─Esa misma.

─Estaba cansada de los peinados temáticos.

─¿Esos peinados se los hacía el Sr. Bufarreta?

─Sí. Él siempre cuidó mi cabello ─comentó con una leve sonrisa.

─¿Y él no se opuso?

─No, al contrario, él estuvo de acuerdo en mi cambio.

El inspector dejó pasar unos segundos y luego le lanzó:

─¿Él y usted eran amantes?

─No tengo por qué contestar eso.

─Como quiera, yo solo pregunto tranquilamente, si quiere puedo pedirle que nos acompañe para un interrogatorio en la seccional.

─No, está bien. Chechu y yo nos queríamos.

─¿Su esposa sabía lo que pasaba entre ustedes?

─No. Se enteró hace unos días.

─¿Hace unos días? ¿Antes de que él muriera?

─Sí. Fue hace una semana. Cuando yo fui a verlo para arreglar un horario para el peinado de la foto.

─Así que ella sabía…

─Sí. Yo creo que fue ella la culpable.

─Ella dice lo mismo de usted.

─¡Qué mujer! Los celos la trastornaron.

─O él quiso dejarla a usted, cuando su mujer se enteró y usted fue la trastornada.

─Mire, oficial…

─Inspector.

─Mire, inspector, yo lo ví antes de ayer y me puse en sus manos para este cambio, yo confiaba en él y él me pidió una muestra de mi confianza.

─¿Cómo?

─Me pidió que cortara mi pelo.

─Entonces usted lo hizo por él…

─Exactamente. Yo le dije que lo iba a esperar lo que hiciera falta.

─Aja.

─Me tengo que ir, inspector.

─Está bien, vaya. Una pregunta más. ¿Usted dejó de hacer algún trabajo por haber cambiado su cabello?

─No… bueno, sí. No hice la gira que me pidió mi publicista. Pero no fue por el cabello, fue por el escándalo en la confitería.

─Aja.

─Buenas tardes, inspector.

─Déjeme su teléfono, por si tengo que preguntarle alguna otra cosa.

─Anote…

La mujer se alejó y el inspector tomó una bolsita y metió su pocillo de café adentro. El mozo viendo la maniobra se le acercó rápidamente.

─No puede hacer eso…

El inspector sacó su placa y la mostró.

─Bobadilla, déjale una buena propina al mozo. Su atención fue excelente.

Bobadilla obedeció y los dos se alejaron del gimnasio.

Una vez fuera del lugar, Bobadilla interrogó:

─Dígame, inspector. ¿Usted piensa que fue ella?

─Es una posibilidad.

─No tiene cara de asesina.

─Muchos no la tienen. Vamos al laboratorio.

─Yo creo que fue la esposa.

─Es otra posibilidad.

─Necesitamos huellas de ella.

─Se las tomaron en el arresto.

En el laboratorio compararon huellas y le dijeron que no coincidían con las de la revista. Tampoco coincidían con las de la mujer arrestada.

─¿Está decepcionado?

─No, hubiera sido demasiado fácil.

─¿Le gustan los retos?

─Es mi trabajo.

─Salúdeme a su señora. La otra vez la crucé por la calle. Iba muy arreglada, sus zapatos le molestaban, me parece. Tal vez se había roto un taco. No entiendo a las mujeres que usan taco aguja en la calle. Esos zapatos son para la pasarela, solamente.

─Siempre se lo digo ─respondió el inspector─, pero no me hace caso. Hubiera querido ser modelo ella.

─Sí, muchas mujeres sueñan con eso.

El inspector se despidió y rápidamente tomó un taxi.

─A la revista Ser Vos.

─¿Dónde queda, señor?

─¿No sabe? Preguntemos en algún quiosco.

El diariero le indicó la dirección de la editorial y se dirigieron rápidamente allí.

─Señor, necesita una cita para hablar con el editor.

─Dígale que es urgente ─respondió Terreiro mostrándole la placa.

─Está bien ─respondió bufando la secretaria.

─Inspector, ¿a qué se debe la visita? ─dijo un hombre de unos treinta y cinco años, medio peladito y con unos anteojos negros.

─Estoy investigando el crimen del señor Bufarreta.

─¿Quién?

─El peinador de algunas de sus modelos.

─Ah. No conozco a la gente que colabora en las publicidades. Tendría que hablar con el publicista, en todo caso.

─Me interesa su opinión sobre un tema puntual.

─A ver… diga.

─¿Cómo lo afectó el corte de pelo de la modelo Janise Duarte?

El hombre carraspeó y tomó un sorbo de agua.

─Ah… Fue todo un dolor de cabeza. Ella tenía un contrato para hacer fotos durante toda una temporada. Tuvimos que hablar con el publicista para que la convenciera de usar peluca. Ella no quería.

─¿La convencieron?

─No. El publicista me pidió que aceptara cambiar la modelo. Y eso hice. Tampoco se nos va a caer el mundo por cambiar una cara.

─Pero ella era la cara de moda, ¿no?

─Sí, pero usted sabe que la moda la hacemos nosotros. No era tan trágico.

─¿Nadie salió perdiendo?

─No. Solo el publicista que tuvo que afrontar los costos de la ruptura de contrato.

─Aja. ¿La modelo no fue perjudicada?

─Ella dijo que no le importaba. Que estaba iniciando una nueva moda de cabellos cortos y salvajes. ¿Vio cómo son todas? Se creen que solas pueden todo. Creo que hizo un acuerdo con el publicista para trabajar en otra cosa. Pero no estoy seguro.

─¿Me puede dar el nombre y teléfono del publicista?

El editor buscó en el cajón de su escritorio.

─Aquí tiene su tarjeta.

─Muchas gracias.

─Otra pregunta, con esto termino… ¿Quién será la modelo que continúe la campaña?

─No lo sé. Eso háblelo con Soriano, él se estaba encargando de hacer un nuevo casting.

─Gracias, señor Moldes.

─No es nada. Espero que encuentre al asesino.

Terreiro y Bobadilla se encaminaron entonces a la agencia de publicidad. El lugar era una hermosa oficina con un decorado muy moderno, pantallas de televisión enormes y muchas plantas.

─Señor Soriano, necesito que hablemos.

─¿A qué se debe, inspector?

─Al crimen de Bufarreta.

─Ah, eso, ¿qué tengo que ver yo?

─Usted contrató para una publicidad a la amante de él.

─No, usted se equivoca, yo contraté a la esposa.

─¿A la esposa? ─dijo el inspector, sorprendido.

─Sí. Ayer cerramos el contrato, justamente. Me llamó como a las ocho de la noche, un poco tarde para reunirnos, pero cerramos el contrato de palabra. Hoy firmamos.

─Entonces, ¿me está diciendo que la señora Bufarreta va a reemplazar a Janise Duarte?

─Sí, eso es.

─¿Cuánto hace que vienen hablando del contrato?

─Ella se presentó al casting inicialmente, quedó en segundo lugar. Le dimos el trabajo a Janise. Pero debido a su mala decisión de cortarse el cabello, no nos quedó más que llamar a Noelia.

─¿Cuándo se enteró Janise de esto?

─Le dijimos inmediatamente, cuando se presentó con su nuevo corte. El requisito para la publicidad era cabello natural.

─¿No hubo ningún pedido de que usara peluca?

─No.

─Aja… Muchas gracias, señor Soriano. Me ha sido de gran ayuda.

─Me alegro, inspector. Cuando quiera puede venir al set, a ver cómo se filma la publicidad.

─Gracias. Lo haré.

De nuevo en su casa, el inspector comenzó a reunir las piezas del rompecabezas. Después de un rato de armar un castillo con rastis, la verdad se le fue imponiendo en su mente. Solo le faltaba una pieza…

Al otro día pidió a Bobadilla que fuera donde el editor para hacerle un par de preguntas y él se dirigió al gimnasio para encontrarse con Janise.

─Dígame, ¿cuándo comenzó a enamorarse del editor de Ser Vos, Moldes?

─Eso fue hace un tiempo. Pero todo terminó.

─¿Quién fue el que terminó?

─Yo. Cuando me enamoré de Bufarreta.

─Moldes nunca se dio por vencido, ¿verdad?

─No, él continuó llamándome. Ponía de excusa la publicidad y esas cosas ─la mujer no dejaba de jugar con su pulsera.

─Aja… En este momento lo estamos deteniendo. ¿usted sabe lo que le va a pasar?

─¿Fue él el asesino?

─Y usted fue su cómplice.

─¿Qué dice?

─Que usted le proporcionó el arma homicida.

─¿Cómo?

─Lo mató con su zapato, ¿verdad?

La mujer se largó a llorar. El inspector la miró con lástima. Pero no había nada que hacer, la tomó de las manos y la esposó para llevarla a la cárcel.

Un rato después, en la seccional…

─Dígame, inspector. ¿Cómo sabía que las huellas eran del editor?

─En su oficina, había muchas revistas, como corresponde a un editor. Pero las únicas tapas que tenía enmarcadas tenían la foto de Janise. Él se sintió perjudicado sentimentalmente, guardaba rencor al peluquero. Y cuando vio lo que había hecho a la cabeza de su amada, no lo pudo resistir. Fue con ella a increparlo. La convenció de que lo iba a perjudicar y ella quiso intervenir. Pero todo su odio salió a la luz en un momento y agarró lo primero que se le cruzó por la cabeza, un zapato de taco aguja de Janise.

─¿Y la mujer de Bufarreta?

─Esa es culpable de envidia, en todo caso de una jugarreta. Cuando se enteró del amorío de su esposo, lo chantajeó para que le pidiera a la modelo que cortara su cabello. Ella conocía las condiciones del contrato “cabello natural” y había quedado en segundo puesto.

─Otro caso resuelto. ¿Qué hacemos ahora?

─Ahora me voy a casa. Mi mujer también quisiera ser modelo, no quiero darle motivos para una jugarreta. Las mujeres son de temer…

─Ja ja ja.

Meg 6-06-15

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