El misterio de la herradura sin caballo

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huellaTodo era paz y tranquilidad esa mañana. El hipódromo no estaba concurrido, habían suspendido las carreras porque se descubrió algo horrible en una de las caballerizas. Un caballo de carrera pintado de verde con pintura para autos… Y lo que era más horrible aún, la jinete del mismo caballo, fue hallada sin vida en el establo, debajo de la montura, con un golpe en la cabeza.

Terreiro y Bobadilla ya se habían presentado en el lugar. Mientras recorrían los salones con las típicas carteleras donde mostraban los participantes de cada carrera, pensaban qué cosa oscura ocultaba este asesinato.

─Entiendo que usted cuidaba este lugar… ─comenzó a interrogar Terreiro.

─Sí, hace once años que trabajo para Don Closed, antes cuidaba a la madre de Salado, Pimienta, ahora a él.

─Y cuénteme, ¿se entiende bien con Don Closed, señor Cabello?

─Sí, es un gran hombre. Siempre tuvo mucho cuidado con los caballos. Sin ir más lejos, siempre lleva terrones de azúcar o zanahorias en sus bolsillos ─dijo el hombre esquivando la mirada─.

─Los caballos lo quieren…

─¡Imagínese!

─Y ¿conocía bien a Josefina Stampa?

─Ella nació en el campo. Su padre fue capataz y su madre cocinera. Ella monta desde los cuatro años. No conoce otra vida. Va a morir… ─el hombre se detuvo─, perdón, pobrecita ─rectificó─, dio su vida por esta profesión.

─Sí, claro. No podía ser más acertada la observación.

─¿Qué piensa usted, inspector? ¿Tiene alguna idea de qué pudo haber pasado?

─Por ahora ninguna. Pero esperaba que me ayudara con algunos detalles. ¿Tiene algún significado el color verde en este haras?

─No que yo sepa. Verde es el campo, verde el color de la esmeralda, verde el color de la fruta antes de madurar.

─Claro, hay muchas cosas verdes en la naturaleza, pero… ¿se le ocurre por qué Josefina pudo haber querido pintar su caballo color verde?

─No tengo idea. Ella no era una persona extravagante. Siempre cuidó mucho a sus caballos, no la imagino pintando a uno.

─Aja…  Bueno, le agradezco su tiempo. Si llega a recordar algo que pueda ser útil, no dude en llamarme.

Terreiro salió del establo y comenzó a caminar delante de las caballerizas. Las trompas de los caballos asomaban como vecinos curiosos. El inspector lamentó no hablar un idioma equino para indagarlos. Ellos sabían…

─Inspector, estuve haciendo averiguaciones ─interrumpió Bobadilla.

─¿Qué averiguaste?

─Los dueños del haras Las colmenas, son un matrimonio de apellido Azcoaga. Ellos viajan todos los fines de semana para las carreras, no se pierden una sola. Pero este fin de semana viajó solo la señora, Doña Jimena.

─¿Se sabe qué pasó con el marido?

─Aparentemente tuvo que atender un asunto en Tres Arroyos, donde tienen una estancia ganadera.

─Aja. Se nota que tienen un buen vivir.

─Así es. La señora no deja de decir que ella amaba al caballo. Por eso lo querían cruzar para tener potrillos con su sangre.

─¿Cómo describirías a la mujer?

─Una mujer calma, muy educada y con muy buenos modales.

─¿Dijo algo más?

─Que el administrador se marchó a reunirse con su marido. La habían dejado sola con todo este asunto.

─Aja.

─Vamos, Bobadilla, sigamos buscando detalles.

Los dos sabuesos se abocaron a buscar datos. El caballo se encontraba en su lugar. Hubo alguien que propuso llevarlo como prueba, pero el inspector impuso su criterio de que todo debía quedar como en el momento del crimen. El caballo, entonces, comía alfalfa de una pila y los miraba de reojo mientras ellos revolvían restos de cosas del piso.

─Aquí está el pincel, inspector ─dijo Bobadilla─, todavía está fresco. Lo llevaremos para tomarle las huellas.

─¿De qué marca es el pincel?

─Luxor.

─Aja. Bobadilla, vaya a recorrer las ferreterías de la zona, pregunte si tienen pinceles de esa marca.

─En seguida, inspector.

El inspector siguió hurgando, hasta que encontró un trozo de tela de nylon, semejante a la que usan los jockeys, enganchada en un tablón de madera. Era de color verde al igual que la pintura. La guardó en una bolsita y la metió en su bolsillo.

Un poco más allá se encontraba el lugar donde fue hallado el cuerpo sin vida de la mujer. Nada sospechoso había allí, ella estaba sin un rasguño, salvo el golpe sangrante en la cabeza. Había un poco de tierra removida por lo que pareció una pequeña lucha. La mujer no habría podido resistirse mucho al ataque dada su pequeña contextura.

El caballo estaba un poco inquieto. Se ve que no le gustaba la compañía del inspector, que en algunos momentos se acercaba y le acariciaba el lomo.

Así estaban cuando apareció nuevamente el cuidador, quien viendo la inquietud del animal, preguntó:

─¿Puedo sacarlo a dar un paseo? Salado está un poco agitado.

─Sí, claro. Pero no lo lleve muy lejos, si quiere salir de la ciudad tiene que avisarme.

─Muy gracioso, inspector…

Al salir el hombre con el caballo, Terreiro notó algo raro en el andar del animal.

─Disculpe…

─Sí, inspector.

─¿Le pasa algo a la pata trasera de este animal?

─No, nada, solo le cambiaron las herraduras hace muy poco. Es como cuando uno compra zapatos nuevos, ¿vio?

─Aja…

─Y ¿no les quedaban herraduras verdes? Veo que tiene una común en esa pata…

─Ah, es que tuvimos que ponerle una prestada ─dijo el hombre nerviosamente.

─Bien, no lo molesto más, vaya…

El inspector se dedicó entonces a revisar otros rincones de la caballeriza. Allí encontró una caja de madera de gran tamaño. La abrió y encontró una provisión de herraduras, todas nuevas, sin usar, todas de color verde. Eran varias filas de herraduras, solo faltaba una. Tomó una para observarla, se notaba pesada, la volvió a dejar en su lugar.

A un costado de la caja se encontraba la lata de pintura. Era la misma que usaron para pintar las herraduras y, aparentemente, la que usó la mujer para pintar al caballo.

Entonces… ¿la pintura era un mensaje?

En eso estaba cuando volvió Bobadilla.

─Inspector, estos pinceles no son de la zona. Pasé por un cyber y busqué en Internet. Es una marca de pinceles de la zona de Tres Arroyos.

─Todo suma, Bobadilla, todo suma.

─¿Pudo averiguar algo más?

─Que a nuestro caballo le aprietan las herraduras. Pero aún no sé por qué.

─A los caballos hay que herrarlos días antes de la carrera, para evitar esos problemas…

─Ah, Bobadilla, ese sí que es un dato interesante.

─Gracias, inspector.

─Y dígame ¿por qué le cambiarían una herradura momentos antes de la carrera?

─Tal vez porque el caballo se clavó algo en el casco y necesitaban sacárselo.

─Muy bien… Bueno, nuestra próxima visita será a la Señora Azcoaga.

Y allí fueron los dos, la señora se encontraba en una sala de las instalaciones del hipódromo reservada para los participantes. Ella lucía un traje con pieles en el cuello. Unos zapatos con plataforma, nada cómodos al parecer y una cartera con herrajes parecidos a herraduras.

─La suerte la acompaña a todos lados ─dijo el inspector al saludarla.

─¿Cómo dice?

─Lo digo por las herraduras de su cartera.

─Ah, sí, es una forma de invocar la buena suerte, sin dudas. Aunque no soy supersticiosa.

─Entiendo. Le quería hacer unas preguntas.

─Dígame.

─Usted conocía a la jocketa… ¿Sabe si había alguien que le tuviera encono?

─Era una chica muy dulce. No creo que hubiera alguien con intención de matarla.

─¿Qué me dice de otro competidor?

─No. Aquí somos todos conocidos y mantenemos el espíritu deportivo.

─Pero las apuestas…

─Las apuestas las hacen los que vienen a ver. Nosotros no apostamos. Solo cobramos nuestra participación.

─¿Ustedes siempre tuvieron caballos, no es así?

─Sí, desde la época en que vivía mi suegro.

─Han amasado una fortuna con las carreras.

─No nos podemos quejar.

─¿Este caballo es un ganador?

─Sí, aunque no ganó en varias. Esperábamos que se llevara el primer puesto en esta carrera.

─¿Cómo iba a lograrlo?

─Estuvo entrenando mucho Josefina. Ella verdaderamente lo amaba. No podía aceptar que lo vendiéramos.

─¿A quién lo iban a vender?

─Había otro haras muy interesado en tenerlo como semental.

─¿Competencia?

─Necesitan caballos para vender al exterior. Afuera se cotizan muy bien nuestros animales.

─¿Sabe quién es el dueño del haras?

─La familia Cuarteroli. También están en el negocio desde hace mucho.

─¿Quién se vio perjudicado entonces por no participar en la carrera?

─Todos, porque ahora sin Josefina, tendremos que buscar otro jockey y eso demora un tiempo.

─Y ¿quién se vio más beneficiado por esto?

─Todos los competidores.

─Bien, si recuerda algún detalle de interés, por favor, me llama a este número ─dijo el inspector mostrándole una tarjeta.

─Muy bien, inspector. Por favor háganos saber cualquier novedad.

─Una última pregunta…

─Sí.

─¿Qué negocios tenía su marido en la estancia?

─Don Closed, nuestro administrador, le pidió que se quedara para revisar un contrato, porque él quería estar aquí para arreglar el asunto de la venta, si Salado no ganaba.

─¿Puedo hablar con Don Closed?

─No, lamentablemente él se retiró un poco antes de todo esto, lo llamaron de urgencia del haras.

─Aja.

─¿Dónde lo puedo encontrar ahora?

─En Las Colmenas, seguramente.

─Bien, gracias, doña Azcoaga.

─No es nada, inspector.

Bobadilla miraba de cerca a la señora. La mujer pasó a su lado y le hizo un saludo con la cabeza.

─Inspector ─dijo al alejarse la mujer─, ¿vio su cartera?

─Sí.

─Debe pesar una tonelada.

─No tanto como su collar de oro. Dime, Bobadilla, ¿sabes quién se encarga de cambiar las herraduras?

─Es posible que las cambien los cuidadores.

─Aja. Bueno, averigua cómo lo hacen. Si hay un herrero o lo hace el cuidador. Yo voy a hacer un viaje hasta el haras Las colmenas. Nos vemos a la vuelta.

El inspector manejó tres horas. Las Colmenas era un establecimiento de gran envergadura, de hermosa apariencia, con cuantiosas caballerizas y mucha gente ocupándose de los animales.

Al llegar allí, se encontró con un peón quien le indicó que Don Closed se encontraba en la oficina.

─Permiso, soy el inspector Terreira, investigo el crimen de Josefina Stampa ─dijo mirando hacia todos lados.

─¿Cómo? ─dijo el hombre asombrado.

El inspector le relató los pormenores de la situación. El administrador escuchaba como hipnotizado.

─Dígame ─dijo de pronto el inspector─, ¿qué negocios lo trajeron hasta aquí antes de la carrera?

El hombre se acomodó en su sillón y luego de un instante respondió:

─Teníamos un caballo enfermo y tuve que venir con urgencia.

─¿Más urgencia que una carrera que era definitoria?

─Sí, Salado no es nuestro único caballo.

─¿No tenía usted que arreglar un contrato?

─Sí, pero me llamaron para postergar el encuentro.

─¿A qué hora salió del hipódromo?

─A las 12hs.

─Un rato antes de la muerte de Josefina.

─¿Sí?

─Sí. Justamente. Usted debe ser una de las últimas personas que la vio con vida.

─¿Qué está insinuando, inspector?

─Nada. Solo recabo información.

─Bien. Quisiera recordarle que el último en verla debe haber sido el cuidador.

─Ya hablé con él.

─¿Halló algo?

─Nada que pueda comentarle.

─Muy bien. Entiendo.

─Dígame una cosa… ¿Era necesario vender el caballo si no ganaba la carrera?

─Iba a ser mejor negocio que seguir manteniéndolo sin que ganara.

─¿Ustedes no lo podían usar de semental?

─Tal vez, pero recibimos una buena oferta.

─¿Usted se lleva una comisión por la venta?

─No. Yo solo cobro un sueldo.

─Aja.

─¿Puedo ayudarlo en algo más?

─Una última pregunta… ¿por qué quiso pintar de verde las herraduras?

─Porque estamos lanzando una nueva imagen del haras, como verá nuestro escudo es verde… ¿Algo más, inspector?

─No, por el momento es suficiente. Hasta pronto, Don Closed.

De vuelta en la seccional, Terreiro se reunió con Bobadilla.

─¿Pudo averiguar algo?

─Fue el administrador. Todavía me faltan pruebas, pero fue él.

─Quizás le sirva saber esto. El que cambia las herraduras es el cuidador. Pero no se cambian a último momento, salvo en casos extremos.

─El cuidador hizo un cambio. Noté que tenía pintura en una de sus uñas.

─Otra cosa que averigüé es que el dueño del haras que iba a comprar a Salado tuvo problemas económicos. Actualmente tiene varias causas judiciales. Parece que por evasión fiscal. Están casi fundidos.

─Aja. Hay algo más atrás de la venta del caballo, entonces.

─Hay algo en esas herraduras que me huele mal.

─Sí, Bobadilla. La pintura verde. Eso nos quiso decir Josefina cuando pintó el caballo. Que prestáramos atención a la pintura. Tenemos que volver al hipódromo.

─¿A esta hora?

─Sí, vamos.

Los dos hombres se acercaron al vigilante y le mostraron las placas. Inmediatamente los dejaron pasar. Junto a un empleado del lugar, se dirigieron hasta el establo. Allí se encontraba el lugar vacío. Ya habían retirado a Salado. El inspector dio un salto.

─¿Pasa algo? ¿Qué buscamos?

─La caja de herraduras… ¡Bingo!

─Estamos en un hipódromo, no en un bingo, inspector…

─Está chistoso, hombre. Mire.

Terreiro abrió la caja, sacó una herradura y tomando una moneda de su bolsillo la rascó. La pintura dio paso a un brillo dorado.

─Lo que me esperaba… Es de oro.

─¿Oro?

─Sí, Bobadilla, oro. Y del bueno. Noté su peso excesivo antes, pero no me daba cuenta.

─¿El caballo usa herraduras de oro?

─No. Las herraduras se iban a entregar junto con el caballo, luego de la carrera. Pero antes de eso Josefina se dio cuenta y habló con el administrador.

─¿Cómo se dio cuenta?

─Puede ser que el caballo se hubiera clavado algo, como tú has dicho antes, y que ella pidiera al cuidador que le cambiara la herradura. Cuando estaba haciendo eso, se raspó la pintura y vieron el oro o después de cambiarla, el caballo sintiera la molestia del mayor peso y lo notaran.

─¿El administrador la mató?

─No lo creo. El cuidador la mató. Pero tendremos que encontrar el motivo por el cual el administrador convenció al cuidador.

─¿Oro tal vez?

─Tal vez. Mañana le haremos otra visita a Cabello. Llame a la seccional, Bobadilla, dígales que vengan a buscar el cargamento.

Al día siguiente, inspector y ayudante se dirigieron al haras Las Colmenas. Allí se encontraron nuevamente con el cuidador.

─¿Qué sabe usted del oro?

─¿Oro? ─preguntó el hombre con los ojos desorbitados.

─Sí, el que estaba en las herraduras.

─No sé de qué me habla.

─Ya sabemos que usted está involucrado. Yo mismo vi que tenía pintura verde en sus uñas.

─No puede probarlo.

─Es mi palabra de inspector.

─La pintura estaba en las que tenía Salado.

─¿Cómo sabe que hablo de otras herraduras?

El hombre enrojeció y de pronto sintió un fuego que lo impulsó a salir corriendo. Terreiro y Bobadilla salieron tras él y lo atraparon cuando tropezó con un bebedero de agua.

─Nos va a decir aquí mismo qué fue lo que pasó.

─Yo no tuve la culpa. Fue Closed el que quiso matarla. La chica sabía todo. Era un peligro.

─¿Por qué la mataron antes de la carrera?

─Porque ella quería que ganara el caballo y amenazó con ir a contarle a Doña Azcoaga.

─¿Qué le iba a decir?

─Que estábamos pasando oro de su marido y lo íbamos a entregar cuando vendiéramos el caballo.

─¿Él también tenía negocios con el oro?

─Sí, Azcoaga tiene unas minas. Closed es muy ambicioso, no para de quejarse de lo poco que gana.

─Usted también es ambicioso…

─A mí me tenía atrapado por la situación de mi hermano que cayó preso.

─Aja. Bueno Bobadilla, ya tenemos a nuestro hombre. Ahora vayamos por el cómplice.

─Ya llamé a la brigada, inspector. Es cuestión de unos minutos y el haras estará todo cercado.

─Bien, Bobadilla. Otro caso resuelto.

─Sí, inspector. Ahora ¿no le vendría bien una partidita de ajedrez?

─Claro, claro.

─Dígame algo… ¿qué se hizo de la herradura que faltaba?

─Esa, se la quedó el cuidador, era el seguro de vida del hermano.

─¿Y el trozo de tela que encontramos? ¿De quién era?

─Fue un burdo intento de incriminar a otro jockey.

─¿Y el pincel de Tres Arroyos?

─Eso no lo sé, Bobadilla, ¿acaso usted piensa que yo lo sé todo…?

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