El misterio del payaso desaparecido

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detective mujerLas investigaciones en el circo se estaban complicando. La detective Vivian Lopesca se encontraba en la oficina del administrador del lugar y no lograba sacarle más detalles.

─Volvamos un poco atrás… Usted dijo que el payaso el domingo hizo la función completa, a la noche se reunió con todos a cenar y luego se fue a dormir. ¿Sabe quién fue el último en hablar con él?

─Una de las acróbatas, aparentemente. El carro de ella se encuentra cerca del de Pepinillo.

─Esa acróbata, ¿cómo se llama?

─Lisa.

─Lisa, ¿ella trabaja desde hace mucho en el circo?

─Si, ella nació aquí. Toda su familia es acróbata. Su madre y su padre están con nosotros desde que formamos el circo. Sus hijos se fueron sumando después.

─¿Qué relación tenía ella con el payaso?

─Ninguna que yo sepa. Ella es muy joven y el payaso es un hombre de unos cuarenta años. Él se veía con la ciclista.

─Ah, sí, me la mencionaron, ¿por qué no se encuentra aquí?

─Porque fue a visitar a su tía que vive en la ciudad.

─Estaba aquí el domingo, ¿verdad?

─Sí.

─¿Por qué piensa que no fue ella la última en ver a Pepinillo?

─Porque ella se marchó antes de… ─el hombre se detuvo un instante─ antes de que se terminara el juego de pócker.

─Pero podrían haberse visto en la mañana del lunes…

─Ella ya no estaba en el circo. Se marchó en un auto que envió su tía.

─Ah, de acuerdo. De todas formas, cuando vuelva, necesito que me avise para venir a interrogarla.

─Como usted diga.

─Bueno, creo que es todo por ahora. Seguiré interrogando a sus empleados.

La detective Lopesca se dirigió a la carpa. Allí se habían congregado los trabajadores del circo, esperándola. Ya les habían dicho que iban a ser interrogados y pretendían hablar todos juntos.

Vivian Lopesca se ubicó en el centro de la rueda que habían formado y comenzó a hablar:

─Veo que están preparados para la entrevista. Lo que les voy a pedir es que de a uno me acompañen a la oficina del administrador, allí vamos a poder hablar con tranquilidad. ¿Quién va a ser el primero?

Los trabajadores comenzaron un leve murmullo y, finalmente, una mujer delgada y vestida con mallas de gimnasia se ofreció a acompañarla.

Ya en la oficina se sentaron las dos. La mujer comenzó a hablar.

─Yo lo notaba muy triste a Pepinillo, pobrecito, hacía tiempo que no se le ocurrían nuevos chistes…

─¿Mucho tiempo?

─Sí, hace rato.

─¿Notó algo raro además de eso?

─Se veía que él trataba de mostrarse bien, pero anoche lo ví con los ojos colorados, como si hubiera estado llorando.

─¿A qué hora lo vio?

─Lo vi en la reunión, después de la función. Estuvimos comiendo, bebiendo algo y después jugamos una partida de pócker.

─Bien, ¿algo más que recuerde? ¿Alguien que pudiera querer que él no siguiera en el circo?

─No. Todos lo queríamos. Pobrecito…

La acróbata se fue y dio paso al siguiente testigo. Hizo su entrada un hombre alto, con bigotes ensortijados y un sombrero de copa. Su capa negra cubría todo su cuerpo y sus ojos chispeantes parecían querer hablar.

─Buenas tardes, ¿su nombre?

─El magnífico Fran.

─¿Ese es su verdadero nombre?

─No, claro que no… Mi verdadero nombre es Julio Mustacchio.

─Bien, Señor Julio. Cuénteme, ¿qué fue lo que vio anoche?

─Anoche fue una noche como cualquier otra…

─¿Vio al payaso en la reunión?

─Sí, claro, como no verlo, siempre con sus chistes malos…

─¿Es cierto que ya no se le ocurrían chistes nuevos?

─Muy cierto. Estaba bastante fastidiado, tenía un problema ese payaso. Siempre decía que podría ocupar el lugar de cualquiera de nosotros. No soportaba que yo tuviera éxito. A mí me aplaudían de pie. En cambio a él, solo se le reían en la cara.

─¿Usted piensa que eso le molestaba tanto como para irse?

─Sí, yo creo que no soportó más y se largó.

─¿A qué hora lo vio por última vez?

─Cuando nos fuimos todos, al terminar la fiesta.

─¿El payaso participó de la fiesta o estaba a un lado?

─El comió, bebió, jugó, todo lo que hicimos los demás. Es más se enojó por algo y lo vi golpear la mesa y pincharse con un tenedor sin mostrar dolor alguno.

─Ah, bien…

─Eso es todo lo que puedo contarle, señorita.

─Bueno, le agradezco mucho. Si recuerda algún detalle más, por favor, me lo dice.

─Como no.

El mago salió de la oficina, se acomodó el sombrero de copa y echó una mirada de soslayo a la detective. Luego salió por la puerta y llamó al siguiente testigo.

Hizo su entrada, entonces, la ayudante del mago. Una joven rubia, de cabello recogido en un rodete, con una malla dorada llena de lentejuelas. La mujer miraba a la detective con desconfianza.

─Buenos días, señorita, ¿su nombre?

─Soy Lorena, la ayudante del magnífico Fran.

─Encantada, Lorena ─dijo Lopesca extendiéndole una mano.

La mujer estrechó su mano con suma delicadeza, tanto que la detective tuvo que esforzarse por no lastimarla.

─¿Ya tiene algún indicio?

─Algunas cosas interesantes, pero nada seguro, por el momento.

─¿Cómo puedo ayudarla?

─Dígame, ¿el payaso tenía algún enemigo dentro o fuera del circo?

─No, para nada. Aquí somos todos amigos, hay algunos bromistas pero nada más.

─¿Bromistas?

─Sí, usted sabe, gente que juega bromas, pero nada serio.

─¿Qué clase de bromas?

─Y… pintarle la cara a alguien mientras duerme o llenar de talco las zapatillas, cosas así.

─Bien. Volviendo a Pepinillo, ¿cuándo fue la última vez que lo vio?

─Anoche, después de la reunión. Estaba un poco triste, lo oí decir que quería irse del circo.

─Ah, bien ¿dijo cuándo?

─No. Es como siempre, se deprime porque la gente no se ríe como él espera, ayer comenzó a decir esas cosas, nunca antes lo había hecho.

─¿En dónde estaba anoche cuando lo vio por última vez?

─Dejaba la reunión, creo que iba a su dormitorio.

─Bien, no la molesto más, señorita, si recuerda algo más de interés me llama.

─Sí, claro.

La mujer salió de la oficina caminando rápidamente, no se volteó a mirar hasta que llegó a la puerta. Allí se detuvo y preguntó:

─¿Hago pasar al siguiente?

─Sí, por favor.

La próxima en declarar fue la encantadora de serpientes: la bella Ofelia. La mujer entró con una boa gigante enroscada en su cuello y torso. La detective Lopesca se sobresaltó un poco al verlas acercarse.

─Buenos días, detective, yo le voy a robar solo unos minutos. No estuve en la reunión, así que la última vez que vi a Pepinillo fue en la función. Estaba muy contento e intercambiaba miradas con la ciclista. Para mí que se escaparon juntos.

─¿Alguna razón para escaparse?

─Ellos sabrán. Nadie los cuestionaba aquí.

─¿No le parece sospechoso que alguien que no es cuestionado se escape?

─La naturaleza humana no es mi fuerte. Prefiero a las serpientes.

─Bueno, muchas gracias. Puede pedir que pase el siguiente.

Un hombre muy elegante, con traje y moño entró y se sentó directamente en la silla delante del escritorio. Se quedó esperando que la detective comenzara a hablar.

─Buenos días, soy la detective Lopesca. Su nombre es…

─Soy Don Juan, domador de fieras…

─Encantada, le voy a hacer unas preguntas.

─Cómo no.

─¿Cuándo fue la última vez que vio a Pepinillo?

─En la reunión, después de la función del domingo.

─¿Lo vio bien?

─Estaba un poco molesto porque los enanos no dejaban de molestarlo. Lo vi irse caminando como un robot. No sé qué le pasaba.

─Ah, bien.

─Nunca tuvo problemas con nadie… excepto que le han hecho algunas bromas. No sé por qué se fue.

─¿Qué broma le hicieron?

─Una vez le dejaron la boa de Ofelia en su cama. Nunca se supo quién fue.

─Bueno, gracias, Don  Juan. Le agradezco su aporte.

─No fue nada… Algún día, si gusta, la invito a ver la función. Mis animales son extraordinarios, parecen humanos.

─Gracias, algún día… Por favor indíquele al siguiente que puede pasar.

El hombre se levantó y salió muy derecho, miraba a la detective como alguien que quiere resultar agradable. Una vez que traspuso la puerta entró una mujer. Alta, delgada, con una túnica, turbante y ojos muy pintados.

─Adelante, señora. Soy la detective Lopesca.

─Encantada ─dijo la mujer estrechando su mano de largas uñas─, soy madame Ivonne, vidente.

─Cuénteme. ¿Conocía bien a Pepinillo?

─Lo conozco bien, muy bien ─rectificó la mujer─, porque está con vida, no olvide eso.

─¿Con vida? ¿Está segura?

─Las cartas no mienten.

─¿Las cartas le dijeron qué pasó?

─No, lamentablemente eso no.

─¿Cuándo lo vio por última vez?

─Al terminar la función. Iba caminando delante de mí. No me escuchó, yo le hablaba, pero no respondió.

─¿Eso le pareció raro?

─Sí, él siempre es muy atento.

─Ah, bien. Bueno, si sabe algo más…

─Por ahora nada, volveré a echar las cartas.

─Muchas gracias, puede hacer pasar al siguiente.

Lopesca tenía una idea de lo que estaba pasando, algo le estaba resultando extraño. En eso pasó un hombre vestido de negro, con un turbante y uno ojos negros muy delineados.

─Buenos días, soy la detective Lopesca.

─Encantado, soy el hipnótico Clemen.

─¿Cuándo vio por última vez a Pepinillo?

─Ayer, después de la reunión. Se divirtió mucho, estaba alegre como un pajarillo.

─Ah, bien.

─Creo que comentó que tenía familiares por acá cerca y los iba a ir a visitar. No sé por qué hacen tanto escándalo por un payaso. Ya vendrá.

─¿Lo escuchó decir que se iba?

─No, solo el comentario sobre su familia.

─¿No sabe si tenía algún enemigo?

─No sirve ni para tener enemigos ese payaso.

─Bueno, y ¿usted?

─¿Yo? ¿Qué me puede importar un payaso? No es más que un mono en mameluco.

─Dígame algo, ¿qué le hizo?

─¿Quién? ¿Yo a él? Nada, por supuesto que nada.

Lopesca lo miró fijamente. El hombre tenía algo en los ojos brillantes y oscuros.

─Bueno, si sabe algo más me dice, voy a estar por aquí cerca.

─Cómo no. Es cuestión de esperar.

─Pídale que pase al siguiente, por favor.

Inmediatamente entraron tres hombrecillos, de corta estatura. Los enanos eran seres naturalmente alegres y no paraban de reír.

─Buenos días, muchachos. Soy Lopesca.

─Buenos días ─dijeron los tres a coro.

─¿Quién será el primero en contarme lo que sabe?

─Todos ─volvieron a decir a coro.

─¿Cuándo vieron por última vez a Pepinillo?

─Al terminar la fiesta, estaba triste y parecía que iba a llorar.

─¿Él tenía algún enemigo?

─No… Solo nos peleábamos jugando.

─Con su novia, la ciclista, ¿saben si se había peleado?

─No. Estaban de lo mejor. Pero él parecía triste igual. Toda la noche con los ojos llorosos.

─Ah, bien. Creo que eso es todo, muchachos.

─¿Ya sabe quién lo hizo?

─¿Quién hizo qué?

─Secuestrarlo…

─Ah, sí. Ya sé quién, pero me falta saber por qué.

Los enanos salieron de la oficina y entró el administrador del circo.

─Detective… ¿Pudo averiguar algo?

─Sí, Don Ramón. Tengo la impresión que nuestro payaso nunca salió de este circo.

─¿Cómo? Mire que lo buscamos por todos lados.

─¿Buscaron en la jaula de los leones?

El hombre se rascó la barbilla, pensativo.

─Creo que no…

─Vayamos.

Los dos se dirigieron a la jaula. Allí, en un rincón, acurrucado contra una pared estaba el payaso.

─¿Cómo supo que estaba aquí?

─Su gente me lo dejó entrever.

─¿Por qué está acá?

─Porque tiene un bromista entre su gente.

─¿Quién?

─El hipnotizador.

─¿Él? ¿Qué hizo?

─Todos describieron al payaso y me fueron dando pistas sobre el estado en que se encontraba. Estaba hipnotizado. Rigidez, ojos llorosos, dificultad para oír, insensibilidad al dolor. Todo encajaba. Dígame… ¿quién alimenta a los leones?

─El domador, claro.

─Bueno, entonces tenemos al cómplice y todos los demás también lo fueron, en alguna medida. Seguramente el hipnotizador amenazó delante de todos al payaso. Estaba cansado de escucharlo decir que podía reemplazarlos. Y quiso demostrarle cuán poderoso era. Los demás no podían hablar porque les hubiera hecho algo parecido.

─Gracias, detective Lopesca.

─De nada Don Ramón. Ahora llamemos al hipnotizador, tengo una sorpresa para él ─dijo tomando un espejo de su cartera.

Meg 21-06-2015

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