El hilo mágico

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Cierto día, hace muchos años, Ignis, el dios del fuego, entregó un brasero a un hombre y otro a un dragón. Y les dijo:dragon 2

—Ustedes deberán cuidar de este fuego y por nada del mundo deberán dejar que se apague. También deben cuidarse de que el otro no se apodere del fuego de ustedes, para ello les entrego estos dones.

Y le dio al dragón alas y a los hombres un ovillo de hilo para defenderlo.

Los hombres se quejaron porque pensaron que el don que les había dado Ignis era insignificante. Pero como Ignis no escuchó sus quejas, inmediatamente llevaron el brasero a su pueblo y lo pusieron a resguardo en un lugar donde nadie pudiera verlo.

El dragón también lo llevó a resguardo, pero se quedó tranquilo porque sabía que los hombres nunca serían un riesgo. Y, como se aburría al no tener nada de qué defenderlo, comenzó a asechar al pueblo de los hombres tratando de quitarles el de ellos.

Ocurrió que un día el poblado hizo un festejo por una buena cosecha y se olvidaron de cuidar el fuego sagrado. Se los vio a todos bebiendo hasta embriagarse y bailando despreocupados y olvidados de la vieja situación.

Ese día, el dragón pasó por el pueblo y vio lo que otras veces le habían escondido. Entusiasmado con su descubrimiento, bajó hasta el brasero y lo puso en una canasta, llevándoselo a sus tierras.

Al otro día, la gente del pueblo, dándose cuenta de la falta, comenzó a lamentarse. Unos decían que lo recuperarían. Otros que lo habían perdido para siempre. Todos se culpaban por no haber recordado que el dragón estaba esperando la oportunidad de jugarles una mala pasada.

Fue así que un grupo de gente decidió ir a recuperar lo que les pertenecía. Fueron uno tras otro hasta la tierra del dragón.

El primero fue un hombre que dominaba el arte de manejar la espada. Luchó con el dragón un buen rato, pero al fin el dragón le dijo:

—No insistas, con tu espada no lograrás vencerme. Mejor te vuelves antes de que te haga daño.

A ese le siguió otro que dominaba el arte de arrojar piedras. Arrojó una tras otra al dragón, sin descanso. Pero al final el dragón le dijo:

—No insistas, con tus piedras no lograrás vencerme. Mejor te vuelves antes de que te haga daño.

Y siguió una mujer que tenía largas agujas para el tejido y trató de hundirlas en la piel del dragón, sin suerte. Y el dragón le dijo:

—No insistas, con tus agujas no lograrás vencerme. Mejor te vuelves antes de que te haga daño.

Después de nueve intentos, el dragón estaba aburrido y jugaba con el fuego de los hombres, sin poder creer la insistencia de esa gente que con tan escasas armas pretendía recuperar algo que era tan prodigioso y sagrado.

Fue entonces que apareció una muchacha, más flacucha y menos atemorizante aún que los otros. El dragón comenzó a reír porque no podía creer que ella le hiciera frente. La joven se plantó delante de él y le habló:

—Te reto a una carrera. Si logro vencerte nos devolverás el fuego milenario y si pierdo no te molestaremos más.

El dragón seguía riendo, pero no pudo vencer la tentación de divertirse un poco más con la joven. Así es que le respondió:

—Trato hecho. ¿Dónde correremos?

—Iremos hasta el otro lado del bosque.

—Eso es pan comido —respondió el dragón.

—Pero tendrás que ir por tierra.

—No importa, también sé correr rápido.

La muchacha inició la carrera hacia el bosque, iba adelante porque el dragón le había dado una ventaja al verla tan inofensiva. Ventaja que ella aprovechó. Al llegar al bosque sacó de su bolsillo el ovillo de hilo mágico y comenzó a enlazarlo entre los árboles.

El dragón entró en el bosque y se encontró cercado, se fue enredando entre los hilos y quedó atrapado por largo rato. Cuando al fin logró desprenderse, vio que la muchacha ya había alcanzado el otro lado.

—Tengo que reconocer que has ganado —dijo finalmente, todavía bajo el influjo del hilo mágico.

—Eso es muy honrado de tu parte, ahora debes devolvernos el fuego —respondió ella con firmeza.

—Ciertamente, y te lo daré a ti para que lo custodies. Deberás decir a tu pueblo que ya no tiene por qué esconderlo porque alguien que puede vencerme usando armas tan sutiles ha probado que merece tener su fuego propio.

Y desde lo alto de la montaña, Ignis reía complacido porque, al fin, los hombres habían comprendido el uso del hilo.

MEG 2013

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