El misterioso caso de la salud que mata

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Eran las diez de la mañana cuando la detective Lopesca recibió un llamado para atender un caso.detective mujer

─Enseguida estaré allí.

Tomó el auto y se dirigió a un barrio en las cercanías de la estación de Lomas de Zamora. Allí, cerca de una plaza, se encontraban un par de patrulleros custodiando un local de venta de artículos naturistas.

─Oficial, ¿qué puede decirme?

─El que llamó es el ayudante. Encontró a la dueña del negocio tirada sobre el mostrador, como si se hubiera quedado dormida. Pero vio que tenía la cara hinchada y no se despertaba…

─¿A qué hora llamó?

─A las 905.

─¿A qué hora dijo que la encontró?

─A las 900.

─Ah, bien. Voy a interrogarlo.

Lopesca se acercó al muchacho. Un joven de unos dieciocho años, vestido con jeans rotos, remera larga, negra, con una calavera, y unos aritos. Un tatuaje asomaba de la manga de su remera.

─Buenos días, soy la detective Lopesca.

─Buenos días, señora. Yo la encontré… Es la primera vez que veo a alguien muerto… ─dijo aún conmocionado.

─Debe haber sido una enorme impresión. ¿Estás bien?

─Sí, ahora estoy mejor. Lo primero que hice fue llamar a la policía.

─Hiciste muy bien. Te lo agradezco.

─Yo no tuve nada que ver. ¿Usted me cree, no? ─preguntó mirando a la detective con ojos desorbitados.

─Claro. Solo te voy a hacer unas preguntas, para averiguar qué pasó.

─Sí, claro.

La detective miró el cuerpo que aún se encontraba en el lugar.

─¿Qué edad tenía ella?

─Veinticinco.

─¿Hacía mucho que tenía este negocio?

─Un par de años. Antes tenía una pastelería.

─Se ve que optó por la comida sana… ─dijo Lopesca dando un vistazo a su alrededor.

─Sí, ella me contó que a la pastelería iba cada vez menos gente. Su especialidad eran los merengues rellenos, tenía una gran variedad…

─¿Llevabas mucho tiempo trabajando con ella?

─Unos meses. Antes trabajé en un despacho de pan.

─Los dos cambiaron los hábitos alimentarios.

─Así es.

─¿Ella tenía novio, marido, alguien muy cercano? ─preguntó Lopesca acercándose un poco.

─No. Últimamente salía con sus amigas. Ellas venían a verla antes de cerrar el negocio y salían juntas.

─¿Tuvo alguna pelea con alguien?

─Yo tanto no sé de su vida ─protestó el muchacho.

─¿Aquí en el negocio?

─No… Algunas señoras se quejaron una vez de una partida de arroz integral que había venido defectuosa. Pero salvo eso…

─¿Sabés si le debía plata a algún proveedor?

─A nadie. Como somos un negocio chico no nos financiaban. Siempre pagábamos al contado cada compra.

─¿Te gusta el chocolate?

─Sí, claro. Pero dejé de comer cuando me hice vegetariano. Nada de carnes ni lácteos.

─Ah, bien.

─¿Cómo la mataron?

─Eso estamos investigando. ¿Sabes si era alérgica a algo?

─Sí, era alérgica a los chocolates. Pensé que me había preguntado por eso…

─Ah, bien. No, solo quería saber.

─El papel de chocolate que había en el cesto de basura no era de ella, estoy seguro.

─¿Ustedes vendían chocolates de esa marca?

─Un proveedor trajo una partida para probar, decía que eran dietéticos y además tenían suplementos vitamínicos.

─Muy bien, gracias.

En ese momento entró el oficial Ojeda al local. Había estado interrogando a los comerciantes vecinos.

─Lopesca, tengo información para darle.

─Cuénteme.

─El dueño del kiosco dijo que él siempre abre tarde, después de las 900. Por eso no vio nada.

─¿Tan tarde? ¿No quiere venderles a los chicos que pasan para el colegio?

─Parece que no… El zapatero dijo que los jueves va a buscar materiales, hoy fue a buscar suela y volvió cerca de las 1000. La única que estaba en el negocio era la panadera, que abrió a las 800, pero no notó nada extraño, solo vio cuatro hombres que entraron y salieron de aquí.

─¿Dijo cómo eran los hombres?

─Sí, le pareció que eran los proveedores de siempre. Aunque a uno no lo reconoció del todo.

─¿Y la gente del gimnasio, qué dice?

─Fui, pero la dueña estaba ocupada, me dijo que volviera después.

─Bueno, yo voy a hablar con ella, por favor pídale al dependiente que le de los datos de los proveedores que estuvieron esta mañana, son tres. Los cita inmediatamente para interrogarlos y me avisa cuando lleguen.

─De acuerdo.

Lopesca salió del negocio. Todavía había unos curiosos amontonados afuera, esperando tener alguna noticia de lo ocurrido. La detective se abrió paso entre ellos y cruzó la calle. Un chico de unos diez años la siguió hasta la puerta del otro local.

─Hola, ¿por qué me seguís?

─Yo vi lo que pasó.

─¿Qué viste? Contame.

─Un hombre enojado estaba hablando con la mujer. Le dijo que si era tan buena la mercadería que la probara ella.

─¿Y ella qué hizo?

─Comió algo, no sé qué era.

─¿Y el hombre?

─Se quedó mirándola, hasta que ella cayó sobre el mostrador. Y él ahí salió y se fue.

─Ah, bien. ¿Hacia dónde se fue?

─Creo que hacia la plaza.

─¿Viste bien cómo era?

─Era grandote, medio gordo. Tenía el pelo cortito, rapado a los costados, con una cresta arriba.

─Gracias, chico, es un dato muy importante. ¿Dónde vivís?

─En aquella casa ─dijo el chico señalando un chalecito.

─Bueno, quedate en casa por si tenemos que volver a hablar con vos.

─Sí, claro.

Lopesca se despidió del muchacho y entró en el gimnasio.  Allí, una señora muy bien vestida con ropa deportiva la atendió enseguida.

─¿En qué puedo ayudarla?

─Soy la detective Lopesca. Estoy investigando el crimen de la casa naturista…

─Ah, qué pena. Era tan buena… tan simpática Lucila, siempre hablábamos. A veces salíamos a la misma hora y nos íbamos a tomar mate en su casa.

─¿Le dijo si tenía problemas con alguna persona?

─No. Ella no se peleaba con nadie. Siempre estaba con una sonrisa.

─¿Tenía clientes entre la gente del gimnasio?

─Sí, algunos le compraban vitaminas y esas cosas.

─Ah, bien.

─Ella nos traía folletos, con las cosas nuevas que le ofrecían. ¿Ve? Acá tengo algunos.

Lopesca leyó los folletos, había suplementos vitamínicos y chocolate bajas calorías.

─¿Probó el chocolate?

─No, hice una promesa de no comer chocolate hace mucho tiempo.

─Dicen que es muy rico…

─Sí, a los que probaron les gustó mucho.

─Acá hay gente que entrena para competencias, ¿no es cierto?

─Sí, tenemos un entrenador que ha preparado a varios. Hombres y mujeres. Compiten en las regionales. Les fue muy bien el año pasado, tuvimos un tercer y quinto puestos.

─Ah, bien. ¿Vio salir a alguien del negocio naturista esta mañana?

─A esa hora yo hago bicicleta fija, en aquél rincón. La verdad es que pongo música y no miro hacia la calle.

─¿No vio a nadie?

─Puede ser, los proveedores de siempre… Ya le digo, no presto atención.

─¿Dos, tres…?

─Sí, tres puede ser.

─Muy bien, si recuerda algo más me lo dirá, ¿verdad?

─Cómo no.

─¿Puedo ver un poco? ─dijo Lopesca mirando los aparatos.

─Pase. Aquí tenemos las bicicletas de spinning, más allá las máquinas para correr, y todo el resto son los aparatos para ejercitar…

─La gente ¿a qué hora viene? ─interrumpió la detective.

─Llegan temprano, algunos vienen antes de ir a sus trabajos.

─¿A qué hora aproximadamente?

─A las ocho ya hay algunos.

─¿Hoy vinieron los de siempre?

─Sí, dos señoras y un par de los muchachos.

─¿Son los que están allí?

─Las señoras ya se fueron. Los muchachos son aquellos dos.

Lopesca observó a los dos jóvenes. Los dos mostraban la musculatura trabajada, uno era muy alto y de cabello largo. El otro, con cabello rapado y unos tatuajes.

─Buenos días, soy la detective Lopesca.

─Buenos días ─dijo el más alto.

─Buenos días ─saludó el otro, restregándose un ojo.

─¿A qué hora comenzaron sus rutinas?

─A las nueve, los dos ─dijo el alto.

─Yo llegué nueve menos cuarto y precalenté un poco ─comentó el otro.

─¿Vio algo raro en el negocio de enfrente? ─preguntó Lopesca al segundo.

─No, llegué como siempre y entré, me demoré unos minutos hablando con Andrea, la dueña. Luego comencé a precalentar.

─¿Le gusta el chocolate?

─Claro, ¿a quién no? Pero…

─Pero debe cuidarse, ¿verdad? ─dijo la detective mirando su exceso de grasa en la panza.

─Sí, por supuesto.

─¿Conocía a la dueña de la casa naturista?

─Sí, a veces le compraba vitaminas.

─¿Sólo vitaminas?

─A veces también compraba germen de trigo o semillas de chía…

─Bueno, muchas gracias por su tiempo. Si recuerdan algo más… me llaman ─dijo Lopesca extendiéndoles una tarjeta.

En la puerta del gimnasio la esperaba el oficial Ojeda. Muy serio, muy derecho, como si fuera una estatua…

─Ya interrogué a los proveedores. No fue ninguno de ellos.

─¿Por qué lo dice?

─Porque todos son vegetarianos o algo parecido o tienen problemas con la lactosa…

─¿Le dijeron algo más?

─Sí, el de los suplementos dietarios dijo que ella le quiso cambiar un frasco empezado y él se negó. Y el de las vitaminas dijo que ella no le compró nada.

─Pero vimos tres remitos…

─Sí, el de las vitaminas dijo que le dejó un remito viejo, que tuvo que volver a imprimir a pedido de ella.

─Para usted ¿quién fue?

─Para mí fue el kiosquero.

─¿Por qué?

─Porque no tiene coartada. Dijo que abre después de las 900…

─¿Y cuál sería el móvil?

─La mujer le arruinó el negocio de los chocolates.

─¿Sabe dónde vive el kiosquero?

─Sí, en aquél chalet ─respondió Ojeda, señalando un chalecito de la cuadra.

─Ah, bien… El mismo chalet donde dijo vivir el chico que se me acercó hace un rato.

─Es mucha coincidencia, ¿no?

─Puede ser. Pero no me voy a quedar con esa sola idea. Por favor, siga al hombre más grandote, el que tiene un poco de exceso de peso.

─¿Cuál podría ser su móvil?

─Justamente el exceso… Dice que le gustan los chocolates. Vea, Ojeda, el mundo del fisicoculturismo es muy competitivo…

─Sí, es cierto.

Ojeda salió detrás de Lopesca. Ella iba hacia la Cámara de Fisicoculturismo de la región. Ojeda seguía de lejos al sospechoso.

El hombre salió del gimnasio y fue hasta una clínica. Allí se acercó al mostrador y, luego de intercambiar unas palabras con la recepcionista, se dirigió a la sala y se sentó a esperar.

Ojeda esperó un momento y luego se acercó al mostrador, preguntó qué doctor atendía en el consultorio 23.

─El Dr. Santilli, nutricionista.

─Muchas gracias, señorita. ¿Sabe si tiene un turno disponible esta mañana?

─Déjeme ver… ─la mujer demoró un minuto─. Es posible, hay un paciente que canceló, le tocaría en quince minutos.

─Perfecto ─respondió el agente. No seguiría al pie de la letra las instrucciones de Lopesca, pero creía seguir una buena corazonada.

Se sentó a esperar en la sala contigua. Desde allí veía como el fisicoculturista jugaba con una pulserita negra. Llegó su turno y entró al consultorio. Al cabo de quince minutos se lo vio salir muy erguido, caminando rápido. Ojeda escuchó su nombre inmediatamente. Dudó, temía que su jugada saliera mal. Iba a desistir y escuchó su nombre por segunda vez. Entró al consultorio. Allí lo esperaba el médico con su guardapolvo blanco y una sonrisa de propaganda.

El ayudante de Lopesca comenzó a comentar que estaba interesado en una dieta para mejorar su estado físico.

─Quisiera tener un cuerpo trabajado, como el hombre que salió recién.

─No crea que todo lo que reluce es oro. Esa persona justamente está luchando contra la obesidad. Yo le receté una dieta pero parece que no la entendió y se la pasó comiendo chocolate.

─Ah, ¿sí?

─Sí, en el mercado hay chocolates que dicen ser dietéticos. Pero no existe la magia. Todo tiene calorías. Este hombre creyó que había encontrado una excepción y por culpa de eso acumuló peso y casi no lo dejan participar en las competencias. Estaba muy afligido. Mire que decir que iba a abandonar todo…

─Bueno ─continuó Ojeda─, yo no pretendo tanto. Me conformo con una silueta saludable.

Así pasaron unos minutos más de consulta. Al salir, Ojeda estaba muy contento por la dieta que le había indicado el médico, tanto que decidió comenzarla de inmediato. Se acercó a la recepcionista y le pidió la impresión del plan de alimentación “B”.  Ella lo miró y le extendió un papel. Allí había una lista de cosas que debía y no debía comer. Pero antes que él se alejara comentó:

─En pocos días tendrá mucha hambre. Lo que le recomiendo es chocolate dietético… Hay una marca, que se consigue en muy pocos lugares, este es el nombre ─Y le extendió una etiqueta.

─Muchas gracias, veré si puedo conseguirlo.

Ojeda se detuvo. La miró y una idea cruzó por su cabeza…

Lopesca, por su parte, indagó en la Delegación Regional de Fisicoculturistas. Allí, ni bien entró, se encontró con carteles promocionando las próximas competencias. Fotos de otras ya realizadas. Entre ellas una en la que el sospechoso se encontraba luciendo su musculatura con un trofeo en la mano derecha.

La detective se acercó a la recepción. Simuló estar averiguando sobre las próximas competencias para una hacerles una nota a los participantes. La recepcionista se mostró muy amable y le comentó que podía darle las direcciones de los gimnasios involucrados. Tomó un papel con un listado y se lo mostró. Allí figuraba el nombre del gimnasio Vida Hoy, el que visitó en la mañana.

─¿Quién fue el ganador de la última competencia?

─Fue Federico Valdez, nuestro campeón desde hace cinco años.

─¿Y ese que está allá? Tiene cara de ganador… ─dijo Lopesca, señalando al sospechoso.

─Sí, ese es Miguel Sanchez, hace años que intenta sacarle el título a Valdez, este año parecía que lo lograba… pero no se le dio, nuevamente. Parece que le hicieron un dopping y resultó positivo.

─Ah, qué feo.

─Sí, encima tenía sobrepeso. Casi no entra a la competencia.

─¡Qué pena! Como te dije, tiene cara de ganador.

─Dicen que está un poco obsesionado.

Lopesca siguió preguntando sobre los demás competidores y luego de reunir información sobre sus paraderos para la supuesta entrevista, se despidió de la joven.

En la seccional, la esperaba Ojeda.

─¿Cómo le fue?

─Muy bien, detective. Averigüé que el hombre está realmente preocupado por su cuerpo. Va a un nutricionista y él le indicó un tratamiento. Pero lo más interesante es que la secretaria del lugar recomienda a los que se tratan comer un chocolate… ¿Esta etiqueta le recuerda algo?

─Ah, bien… Más que bien… ¡excelente, Ojeda! Esto nos abre otra puerta de la investigación.

─Eso pensé, señora. ¿Quiere que siga investigando la ruta del chocolate?

─Sí, yo iré a la dietética, usted busque a los fabricantes y averigüe todo lo que pueda.

─Muy bien.

Lopesca se detuvo frente a la dietética y observó por un momento al dependiente que seguía atendiendo el lugar. Al notar que ella lo miraba, él se acercó a la puerta para recibirla.

─Tengo algunas preguntas, José Luis. ¿Reconoces esta etiqueta de chocolates?

El muchacho miró un momento y luego dijo convencido:

─Sí, es la marca que vendemos nosotros. Que vendíamos nosotros ─rectificó.

─¿Conoces al proveedor?

─Sí, claro. Es una fábrica artesanal. Vienen en camión desde Bariloche y nos traen la mercadería semanalmente.

─¿Tienes idea de la composición de este chocolate?

José Luis abrió los ojos. Parecía que la pregunta tenía una respuesta pero él no la sabía…

─Bueno, nosotros decimos que es un chocolate bajo en calorías y que tiene algunos suplementos dietarios… ¿No es así?

─Temo que no. Dime, ¿quiénes compraban este chocolate?

El joven comenzó a enumerar a los clientes. Los conocía a todos, ya que todos eran del gimnasio.

─¿Miguel Sanchez, también?

─Sí, él era el que más compraba.

─Muchas gracias.

Lopesca llamó por celular a Ojeda. El oficial había hecho su tarea y estaba ya abriendo la otra ala de la investigación. La detective le pidió que enviara un patrullero porque tendrían que hacer el arresto.

Cuando llegó el oficial con el patrullero, se dirigieron a la casa de Sanchez. Al ser arrestado dijo:

─Yo solo quería que probara lo que me había hecho perder todo…

─¿No sabías que ella era alérgica?

─No. Yo solo la amenacé con denunciarla por vender mercadería con drogas no autorizadas…

El patrullero aguardaba fuera de la casa. El hombre insistía en no saber nada.

Lopesca y Ojeda lo escuchaban, la investigación no terminaba allí, lo peor sería comprobar si decía la verdad.

Meg 2015

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