El misterio de la momia que lloraba

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«Llullaillaco mummies in Salta city, Argentina» de grooverpedro
«Llullaillaco mummies in Salta city, Argentina» de grooverpedro

Era la semana de vacaciones de la detective Lopesca y decidió ir a Salta, “la linda”. Llegó a la ciudad y fue recibida por un oficial de la comisaría 1ra del lugar.

─Le damos la bienvenida, detective. Nos alegra mucho su visita.

─No tanto como a mí. Tenía muchas ganas de conocer estas tierras. Dicen que la belleza es imponente.

─Sí, gracias. Así es.

El oficial Vicuña la acompañó hasta el hotel y le dejó folletos para que fuera eligiendo lugares. Y le dejó un teléfono por si necesitaba algo. La detective iba con la intención de pasear y conocer museos. Lo primero que hizo luego de dejar su equipaje en el hotel, fue ir a recorrer el centro. La arquitectura colonial era maravillosa, las casas, bien cuidadas, transportaban a otra época. Se preguntó cómo habría sido vivir allí en 1810 o en 1820 cuando San Martín y Güemes andaban en plena actividad por esas zonas.

Estaba en eso, admirando el cabildo que tiene sus ventanitas impares, cuando se dio cuenta de que a sus espaldas estaba el Museo de Alta Montaña.

─Allá voy ─dijo, y cruzó la plaza que tiene una gran fuente en el centro.

Estaba al comienzo de la fila, iba a ser una de las primeras en entrar, en esa mañana. Iba a comenzar el recorrido cuando se escuchó un griterío en el primer piso. Prestó mucha atención, porque en los museos suele reinar el silencio. Pudo escuchar que había gente que lloraba y otra exclamaba cosas. “¿Qué habrá pasado?”, se preguntó. Y notó que ya era la hora de apertura y no los dejaban pasar.

La gente de la cola comenzó a murmurar. Por allí hubo alguien que dijo:

─Sí, debe ser cierto, entonces. La momia de “la doncella” estará llorando.

Una mujer, vestida de pollera y camisa, salió y pidió disculpas. Explicó que había ocurrido un imprevisto y se disculpó porque ese día no abriría el museo.

En el museo se exhibían tres momias, “La doncella”, “el niño” y “la niña del rayo”. Tres cuerpos que habían sido encontrados momificados en el interior del volcán Llullaillaco. Pero no eran momias como las egipcias, recubiertas de vendas, estos eran niños a los que se les veían las caras, los pies, las manos.

Esa semana, exhibían a “la doncella”, la mayor de los tres, que parecía estar ataviada para una ceremonia. Dicen que podría ser una niña criada para sacrificio, por el Inca.

Lopesca siguió escuchando lo que contaba la gente. Algunos, la mayoría, eran salteños que habían escuchado del prodigio.

La señorita del museo, siguió dando algunas explicaciones.

─¿Es cierto que está llorando? ─preguntaba una mujer.

─No. Es muy probable que haya una filtración de humedad en el cubículo donde se encuentra. Por eso tenemos que cerrar hoy, porque está en riesgo la preservación del cuerpo.

La gente protestó. Querían ver eso que estaba pasando. Muchos desconfiaban de la explicación y querían ser testigos del llanto.

Lopesca, viendo que ya cerraban las puertas del museo, decidió indagar un poco más. Se acercó a la mujer y le mostró su placa.

─Señora, no es un delito. Aquí no ha pasado nada.

─Es que algo está sucediendo y hay que investigar. Como usted dijo, podría afectar a la preservación del cuerpo, y eso sería un delito.

─La mujer miró hacia abajo. Lo pensó nuevamente y reconoció que sí.

─Pero usted no es policía de aquí. Espere que llamemos a nuestros oficiales.

─De acuerdo ─dijo Lopesca, quien ya había previsto la respuesta ─. ¿Me dejaría solo echar un vistazo?

─Pase ─resopló la mujer.

La gente que aún se aglutinaba en el lugar protestó. Pero cuando la enorme puerta se cerró comenzaron a disgregarse.

Al rato, la policía local fue alertada y se presentaron en el lugar. Entre los oficiales se encontraba Vicuña, quien, al ver a la detective, se acercó a hablar.

─Otra vez nos vemos, señora.

─Sí, parece que los misterios me siguieron desde Buenos Aires.

─Ja ja, puede ser. Esta ciudad tiene sus misterios, pero este, es completamente novedoso.

Se acercaron al contenedor de vidrio y se quedaron los dos absortos. Ya no se veían lágrimas en la cara. Solo quedaba el murmullo de quienes lo habían visto más temprano.

Vicuña comenzó a interrogar a los testigos.

─Yo la vi con mis propios ojos, las lágrimas eran azules, celestes, blancas, y caían como en una cascada interminable… ─dijo una de las empleadas del museo.

─Yo también las vi, era un torrente de lágrimas, apareció y desapareció de golpe. Como si de pronto se hubieran secado.

─Sin dudas es un truco, pero ya revisamos la vitrina y no hay forma de que hayan metido algo adentro ─aseguró una de las antropólogas.

─Tampoco es posible que se hiciera desde afuera. Está todo vigilado por cámaras y revisamos las filmaciones varias veces ─dijo el antropólogo.

Lopesca miró a su alrededor. Era cierto, el lugar tenía cámaras en todos los ángulos. Se las veía con la lucecita verde encendida. En ese momento se le ocurrió una idea. Le dijo algo a Vicuña en el oído y salió del salón.

La policía siguió registrando el lugar. Habían recorrido todos los rincones. Al dar por finalizado el trabajo, Lopesca y Vicuña se reunieron en la entrada.

─¿Alguna pista, detective?

─Sí, de hecho, sé cómo se producen las lágrimas.

El oficial se sorprendió.

─Bueno, cuénteme…

─Como habrá podido observar, la sala está cubierta por cámaras. Por otro lado, una de las testigos mencionó que las lágrimas, aparecían y desaparecían “mágicamente”. Eso me hizo pensar que podrían haber sido proyectadas por una cámara. Las cámaras de video pueden usarse para proyectar, eso es casi seguro, ya que observé que una de las tres era de un modelo distinto a las demás. Pero necesitaba confirmar que esa cámara y no alguna de las otras, hubiera dejado de funcionar en el momento adecuado. Así es que pedí que me mostraran los videos y lo comprobé. Justo en el momento en que brotaban las lágrimas, esa cámara no estaba funcionando.

─¡Excelente! Ahora tenemos que averiguar quién está atrás de esto.

─Exacto. Tengo un plan.

Lopesca explicó su plan a Vicuña y los dos se despidieron hasta el día siguiente. La detective volvió a su hotel, ya era entrada la tarde, todavía tenía tiempo para dar una vuelta en el teleférico. Tomó una ducha, se cambió y volvió a salir con espíritu de aventura. El paisaje era cautivador, el clima colonial se imponía y paso a paso fue llegando a la base del transporte.

A un costado del teleférico se encontraba la feria de artesanos. La mayor parte de los puestos ofrecía tejidos, otros, adornos, collares, anillos… Pero había un puesto que estaba dedicado a otra cosa…

En medio de la feria y del gentío había un puesto que mostraba fotos de “la doncella llorosa”. Allí se dirigió Lopesca para ver qué decían.

Un gran letrero anunciaba: “La niña nos está diciendo que ese no es su lugar, su lugar es en la montaña, donde los dioses la esperaban. La ciencia nos ha robado nuestro patrimonio y nuestras expresiones de fe”.

La detective se acercó y vio que muchas de las personas que se encontraban allí procedían de la cultura originaria del lugar. Se escuchaban comentarios. Algunos más razonables que otros, pero hubo uno que le produjo una profunda impresión: “Si fuera una santa de la Iglesia Católica, no dejarían que la llevaran lejos de una Iglesia. Nosotros pedimos que se respeten nuestras creencias, solo eso”.

Lopesca se quedó meditando un rato. De camino a la cima del monte, desde el teleférico, visualizó el valle y las colinas que rodean la ciudad. Su mente se perdió por un momento en una hermosa puesta de sol que hacía ver todo dorado, como las estatuillas de la ofrenda que se veían en el museo.

Al día siguiente, se presentó en el museo a la hora que acordaron con Vicuña. Los dos pasaron, mucho antes de la hora en que se habilitaba la entrada para el personal del lugar. Se escondieron en un cuarto detrás de la sala de cámaras y se quedaron esperando.

Una hora después, la rutina del museo dio comienzo. Se escuchaban las voces de los empleados y, a las nueve menos cuarto, Lopesca y Vicuña se pusieron en alerta. Habían colocado una cámara en el recinto. Allí comenzaba la acción.

Tal como esperaban, alguien se presentó a las 9.00 hs., después de que el guardia se hubo ubicado en su posición. La mujer le extendió un disco al guardia y éste lo colocó en la máquina reproductora. Inmediatamente, la cámara 3 dejó de funcionar, en su lugar, se pudo ver un haz de luz proyectado sobre la momia. En la semipenumbra del recinto, no se lograba distinguir. Apenas se veía desde la sala de cámaras.

Otra vez comenzaron los comentarios y las exclamaciones en la sala de exhibición de la momia. Los empleados del museo se volvieron a congregar. Al mismo tiempo, Lopesca y Vicuña se introdujeron en la sala de cámaras y sorprendieron a los responsables.

Ese día terminó con dos personas detenidas en el museo y varias en la feria artesanal. La noticia de las falsas lágrimas se difundió desde el museo y todo volvió a la normalidad.

Pero Lopesca, lejos de quedar satisfecha, quedó con la sensación de que hay situaciones que no tienen una sola forma de pensarse… Y que los derechos, a veces, no son derechos para todos.

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