El crimen de la manzana dorada

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El inspector Terreiro y su ayudante Bobadilla llegaron a la escena del crimen…Huella y lupa2

La casa, un lindo chalet de los suburbios de Buenos Aires, tenía una reja muy alta, como de dos metros y medio. Las terminaciones de la reja eran puntiagudas. La única entrada posible era el portón del frente que tenía llave. Al pasar la puerta se veía sobre una pared un sistema de alarma y unos metros más allá un circuito de video, desde donde se observaba la entrada.

El inspector había sido alertado minutos antes que la situación en la casa era caótica. La mujer había tenido una crisis de llanto y los hijos, que también habían presenciado la escena fatal, estaban mudos. El padre, no paraba de decir “un muerto en la casa”, presa de la más profunda confusión.

Al entrar, encontró a la familia en el living junto a su perro. Más allá, en la cocina, un cuerpo inmóvil caído de una silla y en la mano de la mujer… una manzana dorada.

Al ver llegar al inspector, el dueño de casa se adelantó.

─Señor, gracias al cielo que ha llegado.

Terreiro observó al hombre, de mediana estatura, contextura gruesa, bigotes, ojos cansados, ojeroso.

─No sé cómo pudo pasar esto…

─Dígame, ¿quién es la mujer que falleció?

─Es una amiga de mi esposa. Ven Felisa, habla con el inspector.

Una mujer regordeta, de aspecto cuidado, con ropa de entrecasa y el pelo un poco alborotado, se acercó entonces.

─Señora, cuénteme. ¿Qué hacía su amiga cuando le ocurrió esto?

─Estaba leyendo un mensaje en su celular.

─¿Sabe qué decía el mensaje?

─Me lo leyó. Decía: “probarás la manzana del conocimiento”.

─¿Sabe quién le enviaba el mensaje?

─No. Solo sé que ella le dio un mordisco a la manzana.

Terreiro tomó la manzana con sus guantes puestos. La observó y notó que era de un material orgánico. Estaba pintada de color dorado y no tenía nada raro. La superficie era lisa.

─¿Ella mordió la manzana y qué pasó?

─Al principio nada… Pero después de unos minutos la escuché decir “ay…” y cayó al piso. Yo la fui a asistir pero no reaccionaba. Llamamos al médico. Vino y la revisó. Dijo que tenía que analizarla un forense, porque parecía un paro cardíaco pero no estaba seguro.

─ ¿Desde cuándo está su amiga en su casa?

─Desde hace una semana. Ella era de La Pampa, vino a visitarnos. Hacía mucho que no la veíamos. Se separó de su marido hace poco y nos llamó pidiéndonos que la recibiéramos por unos días.

─Entiendo. Voy a investigar un poco en sus cosas, si me lo permiten. ¿Puedo ver su dormitorio?

Terreiro fue conducido por el Señor Castro hasta el dormitorio de la invitada. Allí hizo un rápido recorrido por sus cosas. Abrió cajones, miró debajo de la cama, encontró la valija y allí adentro un amuleto con forma de gallo. Salió de la habitación y volvió a interrogar a la mujer.

─¿Llamaron al marido?

─Sí. Él dijo que venía en cuanto pudiera. Tenía una ceremonia religiosa.

─¿Qué religión profesa?

─Una religión… No es muy conocida, Emilse entró hace unos años cuando lo conoció a él.

─Aja. ¿Ella comentó por qué se separó del marido?

─No llegamos a hablar en profundidad. Ella vino como escapando… eso se notaba. Semanas atrás me envió una carta en la que decía que “era peligroso seguir allí”.

─¿Le había dicho a su marido que ella venía a visitarla a usted?

─No. Hoy cuando hablé con él, pareció sorprendido ─intervino el marido.

El inspector volvió al living. Ya habían retirado el cuerpo y tomado fotos del lugar. Bobadilla lo esperaba con la manzana en la mano. Le dirigió una mirada significativa y mostrándole la fruta salió de la casa.

─¿Cómo llegó esta manzana a su casa?

─Un vendedor muy raro… Tenía un traje gris con rayas azules, pero en los pies usaba zapatillas.

─¿Recuerda cómo era su cara?

─Tenía una cara muy plana, como si se la hubieran aplastado, la nariz como de boxeador. Pero los ojos chiquitos le brillaban.

─¿Era alto? ¿Qué color de cabello?

─Era alto como ella. O quizás un poco más, ella estaba sobre un escalón. Tenía el pelo rubio, casi blanco.

─¿Y qué pasó después?

─Ella tomó una manzana y entró.

─¿Qué pasó después?

─Después lo que le conté, la manzana tenía un papelito que decía que mirara el celular. Lo abrió y leyó lo que ya le conté.

─Aja. ¿Dónde está el médico?

─Fue a atender a otro paciente. Me dejó su tarjeta.

─Cuénteme un poco… ¿cómo se encontraba su amiga? ¿Le hizo algún comentario que le llamara la atención?

─Solo dijo que estaba aliviada por haberse separado y que sus hijos estaban bien. Estaba pensando en mudarse para acá.

─Aja. ¿Qué hizo su amiga desde que llegó aquí?

─Estuvimos en casa, en mi negocio, salimos de compras, un par de veces fuimos a inmobiliarias para averiguar por departamentos. Ella también quería ir al teatro, al cine… Pero yo no soy de salir.

─Aja…

En ese momento ingresó Bobadilla.

─¡Bobadilla! ¿Consiguió hablar con el médico?

─Sí, señor. Nos estará esperando en la seccional.

─De acuerdo.  ¿Tomó nota de todos los detalles?

─De todo, señor. Envié la manzana al laboratorio.

─¡Perfecto! Llévese el celular, por favor.

Al llegar a la seccional se encontraron con el médico.

─Buenos días, doctor.

─Buenos días, inspector. Qué terrible lo ocurrido. Nunca había visto antes un envenenamiento de tal magnitud.

─Cuénteme. ¿Con qué piensa que la envenenaron?

─Creo, y no quiero equivocarme, pero los indicios son contundentes, que la envenenaron con cianuro.

─Aja. Un veneno con historia…

─Así es. Es lamentablemente famoso.

─¿Dónde se consigue el veneno?

─En laboratorios especializados.

─Aja. ¿Tendré alguna posibilidad de averiguar en cuál?

─Son pocos, tres o cuatro, a lo sumo.

─Bobadilla, por favor investigue en qué laboratorios se consigue…

─Yo le puedo decir, inspector.

El médico le indicó donde investigar y Bobadilla se dirigió a los laboratorios para averiguar por sus últimas ventas.

Más tarde el inspector se encontraba repasando los hechos en su escritorio. Una manzana, un amuleto, un matrimonio primoroso… Y el celular… No habían podido rastrear el origen del mensaje.

De repente, Terreiro se levantó de su silla y salió en dirección al vecindario donde sucedió el homicidio. Dio algunas vueltas hasta que encontró una vecina que paseaba a su perro.

─Señora, buenos días. ¿Puedo hacerle una pregunta? Soy el inspector Terreira y estoy haciendo algunas averiguaciones.

─Sí, inspector. Qué terrible lo que ocurrió, ayer me encontré con la señora Felisa y no paraba de llorar.

─La señora… ¿de qué trabaja, usted sabe?

─Ella es floricultora. Tiene un vivero a unas cuadras de aquí.

─Aja. ¿Sabe qué hace su marido?

─Él es veterinario. Tiene su negocio en el centro. Siempre recoge de la calle animales perdidos y los ubica en lugares donde los cuidan. Es un muy buen hombre. Tiene un solo defecto, que yo le conozca… es un poco cerrado.

─¿Sabe si ellos van a la iglesia?

─No, siempre se los ve haciendo el jardín los domingos. Pero los sábados a la noche, dejan a sus chicos en los de aquella vecina ─dijo la mujer, señalando una casa blanca─, y salen. Para mí, ellos no han dejado de ser novios…

─¿Sabe si alguien del barrio les guarda rencor por algo?

─No, son gente muy buena.

─Muchas gracias, señora. Me ha sido de mucha ayuda.

Terreiro se comunicó con Bobadilla inmediatamente.

─Oficial, necesito que venga a darme una mano, ¿recuerda el circuito cerrado de la casa de los Castro? Deben tener una grabadora y habría que conseguir la cinta.

─Enseguida voy, inspector.

Los hombres se reunieron frente a la casa y llamaron a la puerta. Al instante se prendió la luz de la cámara. Terreiro se arregló la corbata y Bobadilla se acomodó el saco.

Al entrar, la señora Castro los condujo a una habitación. Allí se encontraba la grabadora.

─¿Están seguros de que eso los ayudará?

─Eso espero ─respondió el inspector.

Rebobinaron la cinta y fueron observando las escenas. Finalmente encontraron lo que buscaban. Allí estaba el hombre de cara chata. Pero… tenía una media de nylon en la cabeza!

─¡Como lo imaginé! Señora, ¿su amiga no se dio cuenta del aspecto extraño de este hombre?

─Mmmm, no comentó nada y yo lo vi desde lejos.

─Aja… Bueno, nos llevamos esta grabación, muchas gracias.

─¡No puede llevarla! ─exclamó la mujer.

─Es evidencia. La necesitamos para el caso.

La señora se interpuso en el camino del inspector. Pero no acertaba a decir nada.

─Dígame, ¿qué hacen usted y su marido los sábados por la noche?

Felisa comenzó a mover su pulsera nerviosamente. Miró hacia el piso, luego al inspector. Iba a hablar y se contuvo. Luego comenzó a decir:

─Nosotros tenemos nuestras escapadas… usted comprende…

─Sí, claro ─el inspector siguió preguntando─, ¿Cuándo salen van a algún lugar particular?

La mujer dudó, tenía la cara pálida y los ojos bajos.

─A veces vamos a una confitería en el centro.

─Muy bien, gracias.

Terreiro y Bobadilla salieron hacia la comisaría.

─¿Qué está pensando, inspector?

─Que este matrimonio sabe algo más.

─¿El hombre del video no sería la clave?

─Sí, pero yo creo que ellos saben quién es. El hombre sabía que había cámaras. También conocía a la mujer que murió. Tenemos que averiguar si los Castro forman parte de la secta.

─¿Cree que la entregaron?

─Sí. Lamentablemente.

─Quizás no sabían lo que iba a pasar.

─Pero igual los convierte en cómplices.

Al llegar a la comisaría, los dos hombres se encontraron con el médico forense.

─Ya llegó la respuesta del laboratorio.

─Muéstreme.

─En el mail nos dicen que hubo dos compradores en los últimos siete días.

─Vamos de a uno.

Los dos policías se dirigieron a un barrio muy cercano a la casa de los Castro. Allí, en una pequeña farmacia se encontraba el primer comprador.

─Buenos días, busco al señor Landau.

─Soy yo, ¿en qué puedo servirlo?

─Soy el Inspector Terreira y él es el oficial Bobadilla.

─Mucho gusto.

─Venimos a investigar un crimen. No sé si se enteró de que a pocas calles de aquí una mujer fue envenenada con cianuro.

─No, ¡qué desgracia!

─Sí, lamentable. El hecho es que esa clase de cianuro fue vendido por el laboratorio a dos compradores. Uno de ellos fue usted.

─Oh, ¿eso me compromete?

─No lo sabemos. ¿Usted tiene el cianuro o lo vendió?

─De hecho, me lo encargó un cliente que tiene un vivero y lo usa como plaguicida.

─¿Quién es ese cliente?

─La señora Castro.

El inspector y Bobadilla se miraron significativamente.

─¿Podría mostrarme la factura?

─Claro. Déjeme buscarla.

El hombre buscó en su talonario y recorrió las hojas hasta encontrar la que buscaba.

─Aquí está.

─Bien, la tendremos que llevar.

─Como no.

El inspector se despidió y salieron de la farmacia. Mientras caminaban hacia el automóvil vieron que una persona se acercaba al local.

─¿No le parece demasiado evidente, inspector?

─Sí, Bobadilla. Eso mismo estaba pensando. Pero quedémonos en el auto para ver qué hace ese hombre. Su cara me resulta familiar.

Los dos entraron al auto y permanecieron allí unos minutos. Observaron que el hombre que había entrado a la farmacia hablaba con el farmacéutico pero no compraba nada. Luego salía y se alejaba.

─Sigámoslo. Quiero ver a donde entra.

Encendieron el motor del auto y despaciosamente siguieron tras los pasos del hombre. Un par de cuadras más allá entraba en una casa prolija y de aspecto despojado, casi podría decirse que era un cuadrado, como si fuera un salón cubierto. A ambos lados de la puerta un par de mendigos se había instalado tranquilamente.

─Bobadilla, me juego la cabeza que este es el salón donde se reúne la secta.

─Podría ser, inspector. ¿Quiere que investigue?

─Vendremos el sábado por  la noche, me parece que aquí hay gato encerrado.

─Gallo, inspector.

─Sí, gallo…

Al día siguiente… Terreiro se dirigió al vivero de la señora Castro. En medio de enredaderas y flores colgantes la señora se encontraba atareada regando y fumigando.

─Buenos días, señora. Hermosa mañana para ocuparse de las plantas.

─Sí, buen día, inspector. ¿Pudo averiguar algo?

─Algunos detalles, pero nada contundente.

─¡Qué pena! No puedo sacarme de la mente la imagen de mi amiga. ¿Se sabe cómo murió?

─Lo están investigando, aún.

─Es todo muy lento, ¿no?

─Sí, a veces parece así. Pero no hay que perder la fe. Siempre aparece una pista. Siento curiosidad, ¿con qué fumiga sus plantas? No se ve un solo bichito.

─Preparo un compuesto yo misma. Me lo enseñaron hace años y da muy buenos resultados.

La mujer se alejó un poco para regar unas begonias y el inspector se acercó al mostrador y revisó unos papeles. Allí encontró la factura de compra del cianuro que tenía fecha de dos meses atrás.

─Ah… ¿qué clase de compuesto? ¿lo podría preparar yo para mis plantas?

─Es un poco peligroso, pero le cuento, es a base de cianuro de hidrógeno.

─Claro. No cualquiera puede manipular esas cosas.

─Cierto. Aquí somos dos los expertos. Mi ayudante Daniel es mi mano derecha.

─¿Dónde está él?

─Ahora está entregando unos envíos. Hay mucha gente que comienza a mejorar sus jardines al comenzar la primavera.

─Entiendo.

─¡Ah! Ahí llega… Danielito, te presento al inspector Terreiro. Él está investigando la muerte de mi querida amiga.

El inspector reconoció al hombre que habían seguido el día anterior. Y Bobadilla le aclaró que lo habían visto en la cinta de video.

─Buenos días, inspector ─el hombre le extendió la mano y el inspector notó que estaba transpirada─. ¿A qué debemos su visita?

─Nada importante. Tengo que hacer un presente y se me ocurrió comprar una planta.

Al día siguiente, sábado, Terreiro y Bobadilla se encontraban en el automóvil, estacionados en la esquina de la casa de los Castro. Pasaron un par de horas allí, entretenidos comiendo unas empanadas frías y discutiendo los pormenores del caso, mientras veían pasar bicicletas y algunos vendedores ambulantes. El barrio era muy tranquilo. Estaban preocupados porque con tan poco movimiento podían resultar sospechosos y alguien podría delatarlos. Pero no pasó nada. A las 19.30hs el matrimonio salió con su auto, dejaron a los niños en la casa de la vecina y siguieron camino. Los policías se pusieron en marcha y los siguieron sigilosamente a cincuenta metros de distancia. Fueron pocas cuadras, porque al cabo de diez minutos habían llegado a la casa en la que habían visto entrar al hombre de la farmacia.

─Este hombre es nuestra clave ─dijo el inspector.

─Inspector, no le comenté algo… ¿Vio la factura que le dio el farmacéutico? ¿Qué fecha tenía?

─Era de hace una semana.

─¿No le resultó sospechoso eso?

─Ahora que lo dices…

─La que vio en el vivero era de hace dos meses, ¿no?

─Sí, Bobadilla, ¡ese es un dato excelente!

─Ya lo decía yo que la mujer no era la responsable…

─Ahora… ¿no le parece extraño que no reconociera al hombre de la manzana?

─Con una media…

─Puede ser. Tenemos que entrar a esa reunión.

─¿Pido una orden de allanamiento, inspector?

─No, mejor veamos quienes entran y quienes salen. Traje una ropa para cambiarnos. Vamos a mezclarnos con los mendigos por unas horas.

Minutos después los dos se habían instalado a la entrada del templo. Vieron desfilar personas que venían en auto o caminando. Cuando vieron al empleado del vivero notaron que venía acompañado por otro hombre.

─Posiblemente sea el mensajero de la manzana.

─Sí, inspector. Tiene la misma contextura física que el que vimos en el video y es rubio.

─Consigamos nuestra orden de arresto para estos dos.

Al cabo de una hora tenían la orden en su poder. Justo para el momento en que terminaba la misteriosa ceremonia. Ya con sus ropas habituales, los dos se plantaron delante del portón y al salir los hombres los detuvieron y llevaron a la comisaría.

En la seccional, los dos hombres no reconocían la verdad, pero, al volver Bobadilla con la factura del cianuro que estaba en poder del ayudante del vivero, comenzaron a “cantar”.

Detrás de todo se encontraba el líder de la secta, quien no podía permitir que sus feligreses se apartaran del “camino divino”. Varios habían sido partícipes del crimen, el marido de la occisa, quien comunicó al líder el paradero de su esposa, el líder local quien ideó la forma de llevarlo a cabo, el empleado del vivero quien consiguió el cianuro y un fanático, el hombre rubio, quien había servido de transporte de la manzana envenenada.

Los Castro, en ningún momento pensaron que comunicándole al marido donde estaba su mujer, podía desencadenarse semejante catástrofe. Siguieron las enseñanzas de su líder ciegamente.

Luego de detener a todos los involucrados, Terreiro y Bobadilla salieron a tomar un café.

─Esto de la manzana envenenada se parece al cuento de Blancanieves ─dijo Bobadilla.

─Las manzanas no están solo en los cuentos, oficial ─respondió Terreiro.

Meg 2015

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