El misterio de los colmillos ensangrentados

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detective mujerEra el tercer día de luna llena y la casa se encontraba a oscuras. Era noche sin estrellas. Todas las habitaciones tenían las ventanas cerradas, había un viento fresco que daba escalofríos.

En las inmediaciones de la casa aullaba un perro que sonaba como un lobo. En el interior, una luz de vela se apagaba con un soplido y una cuchilla hendía la carne de una gruesa señora de sesenta y pico años. No se escuchó un solo sonido. Así como inició la acción, sin ruido y sin resistencia, terminó de exhalar su último aliento la víctima.

Al día siguiente la inspectora Lopesca se acercó al lugar, en la esquina de Las lilas y Martiré. Habían recibido una denuncia del diariero, quien encontró la puerta abierta. Lopesca se encontraba en la comisaría del lugar, visitando a un comisario que necesitaba actualizarse en algunas técnicas de investigación. Así que cuando llegó la denuncia ella se coló en la investigación.

Encontraron la casa sin llave, con la puerta apenas entornada. Entraron sigilosamente, mirando para todos lados. No había señales de violencia ni de lucha. Todo estaba en su lugar. Al llegar al dormitorio, encontraron a la señora con una herida en su pecho y un colmillo en medio de la misma.

Los policías se miraron unos a otros. Recogieron el colmillo en una bolsa de evidencias y se dedicaron a tomar huellas y fotos del cuadro.

La noche siguiente… otra vez se escucharon aullidos de lobo en el barrio oscuro. Solo la luz de la luna entraba por la ventana de una casa cercana a la de la señora que había muerto la noche anterior.

Y a la mañana siguiente, otra vez los vecinos denunciaron que algo había pasado. Esta vez había una nota fijada a la puerta con un colmillo ensangrentado. La nota decía: “solo faltan dos”.

La policía entró a la casa con Lopesca. Todo intacto. Solo unas pisadas que parecían de perro y que se dirigieron a la habitación de la señora. Una mujer de unos cuarenta y pico y que no tenía marido ni otra familia se encontraba sin vida en la cama. También tenía una herida de arma blanca que le atravesaba el pecho.

─¿Qué le parece, detective? Yo pienso que los dos crímenes están relacionados.

─Sí, eso es claro. Y faltan dos más. Tenemos que averiguar qué vinculaba a estas dos mujeres.

─Yo voy a conversar con ese grupo de vecinas que están fisgoneando.

─De acuerdo.

Lopesca se acercó a las mujeres que cotorreaban sin parar. Especulaban que si había sido de una manera o de otra. Al ver a la policía acercarse moderaron sus comentarios y se quedaron quietitas.

Esa tarde en la comisaría del pueblo, la detective y el comisario intercambiaban opiniones.

─Yo creo que aquí hay dos datos importantes…

─Dígame, señor.

─En primer lugar, los aullidos en la noche. Es posible que se trate de un ciruja que se traslada por la noche con su mascota.

─Podría ser… ¿En segundo lugar?

─En segundo lugar… las marcas de los colmillos refuerzan la idea de que se trata de alguien que quiere resaltar el carácter salvaje de los hechos. Un loco. Podríamos averiguar en el hospital de insanos si alguien se escapó. O tal vez dieron el alta a alguien equivocadamente…

─Es posible, aunque… tal vez se trate de alguien que tiene algo contra estas mujeres particularmente. Tendríamos que centrarnos en saber más sobre las víctimas. Hoy averigüé que las dos señoras tienen en común que son miembros de la Sociedad Colombófila. ¿Eso le dice algo?

─La verdad que no… son amantes de las palomas, solamente.

─Sí, pero si son amantes de las palomas podrían tener algún enemigo común.

─Podría ser… algún vecino que sea alérgico a las plumas…

─Sí, es una idea un poco extraña pero… ¿Sabe de alguien que haya tenido algún problema de alergia o asma en el barrio que lo llevara a la muerte?

─Ya mismo lo averiguamos, llamaré al médico del pueblo.

El comisario tomó el teléfono y marcó el número. Luego de unos segundos se escuchó una voz respondiendo.

─¿Ha tenido la consulta de algún paciente con alergia o asma últimamente?

─Mmmm, déjeme pensar… Sí, el Sr. Lewisky me vino a ver hace unos días. Su asma recrudeció, es la época de los plátanos.

─¿Él sufrió algún percance mayor?

─No ninguno, en un día se recuperó.

─¿Nadie más?

─Nadie más.

─Muchas gracias, Doc. Que tenga buenas tardes.

Los dos policías ubicaron el domicilio del Sr. Lewisky. Se encontraba a dos cuadras de la casa de las víctimas.

─No parece lo suficientemente cerca para que lo pudiera afectar. Ni la dolencia tan severa como para generar una reacción así.

─No, debemos seguir buscando pistas.

En eso estaban cuando entró el oficial García.

─Comisario, señor, le traigo una nota que dejaron hace un momento.

─¿De qué se trata, García?

─No sé, no lo leí, viene cerrada.

─Vamos, García… ¿Qué dice?

─Bueno… parece ser del asesino.

─A ver…

El comisario leyó la nota en voz alta: “hay momentos en el día que lo extraño mucho”. Firmado: Danza con lobos.

─¿A quién extraña? ─se preguntó el comisario.

─¿Por qué Danza con lobos? ─preguntó Lopesca─.

Esa noche un par de policías estaban apostados  en la cuadra. Cerca de la medianoche comían hamburguesas y tomaban una gaseosa, cuando comenzaron a escuchar los aullidos de lobos.

─¿Escuchaste eso? ─dijo Ferro.

─Sí, parece que se está anunciando… ─respondió Flores.

Los dos hombres dejaron las hamburguesas sobre el tablero del auto. Miraron a un lado y a otro y quedaron como en suspenso.

-¿Ves algo? –preguntó Ferro.

─Nada.

De pronto se cortó la luz de la calle. Los hombres buscaron la linterna en la guantera y bajaron del auto.

Un ruido muy fuerte se escuchó, pero no lograron ver de dónde venía. Se dividieron la cuadra y comenzaron a recorrerla. Así estuvieron unos minutos hasta que de golpe volvió la luz.

La claridad los encandiló y solo alcanzaron a ver a un perro corriendo por la calle. Lo siguieron, pero no lograron alcanzarlo. Inmediatamente corrieron al auto y avisaron a la comisaría. Preguntaron si el corte de luz había sido causado por la compañía de electricidad. No, habían interferido con un cable. Todo había sido un truco para distraerlos.

Comenzaron a llamar a los vecinos, una a una fueron recorriendo las casas. Todos contestaban inmediatamente, nadie dormía tranquilo en esas últimas noches. Al llegar a la casa de una señora mayor que vivía con su marido, salió él conmocionado porque encontró a su esposa muerta.

Revisaron la casa. Nada había sido forzado para entrar. La mujer murió de la misma forma que las anteriores. Ella tenía su cuarto propio, por lo que su marido ni se enteró cuando ocurrió.

Inmediatamente llegaron el comisario y Lopesca.

─¿Cómo entró a la casa?

─No sabemos, todo estaba cerrado por dentro. Ni siquiera rompió un vidrio. Solo…

─¿Sólo qué? ─inquirió la detective.

─Una pavada… tienen una puerta para perros en la cocina. Allí dejaron de nuevo un colmillo ensangrentado.

─Aja. Veamos.

La puerta para perros era pequeña, pero lo suficientemente grande para que alguien delgado pase con un poco de habilidad. El colmillo estaba adherido a la madera, clavado. Los policías tomaron todas las huellas posibles y se retiraron.

En la comisaría a la mañana siguiente…

─Usted se da cuenta de que nuestro asesino conoce bien a sus víctimas… ─decía Lopesca.

─Sí, es alguien cercano.

─Me sigue rondando la firma de  esa nota. “Danza con lobos”, dijo llamarse, aullidos cada vez que está por atacar, pisadas de perro, puerta del perro, colmillos… Dígame, ¿conoce alguien que tenga perros, que sea muy amante de los perros?

─No, la verdad que es muy común que la gente tenga perros por aquí.

─Él o ella quiere que lo encontremos. Centrémonos en esa cuadra. ¿Quiénes tienen perro?

─Vayamos a recorrer las casas. ¿Por qué querrá que lo encontremos?

─No sé, pero vamos a averiguarlo.

Los dos salieron con dirección a la cuadra de los asesinatos. Lopesca se detuvo a mirar. Las casas donde ocurrieron se encontraban alrededor de una donde no había ocurrido nada. ¿Sería la próxima víctima o tal vez el victimario? Decidió ir a investigar.

Llegó a la puerta y la reja estaba abierta. Había un par de perros apostados cerca de la entrada. Al verla se pusieron en guardia y comenzaron a ladrar. Unos momentos después salió una señora, parecía estar cansada y traía con ella un tazón de comida. Alimentó a los animales y luego se dirigió a los policías.

─Buenos días.

─Buenos días, señora. ¿Podemos hablar un momento con usted?

─Sí, claro.

Hablaron un rato sobre perros y palomas. La mujer dijo gustar de todos los animales. A los únicos que les tenía miedo era a los vampiros, pero por suerte ya no había por la zona.

─¿Se ha dado cuenta de cuántas mujeres grandes viven por aquí?

─Sí y la mayoría pertenecen a la sociedad colombófila ─respondió Lopesca.

─¿Será así? ─se preguntó el comisario.

─Una visita y lo sabremos.

En la Sociedad Colombófila les informaron la lista de socios. Entre ellos cuatro mujeres de la cuadra. Las tres que fallecieron y una cuarta que se encontraba de vacaciones. Pero la mujer de los perros no estaba en la lista.

─Voy a volver a hablar con el marido de la última mujer ─anunció Lopesca.

─¿Alguna pista?

─Un pálpito.

La detective se presentó en la casa del matrimonio. El marido de la difunta se encontraba cuidando las palomas. Lopesca fue invitada a entrar y el hombre le relató la historia de cada paloma. Algunas eran enviadas con mensajes, las Columba Livia Doméstica, otras solo las cuidaba por afición. Las más bonitas eran las grises con el cuello verde fosforescente, le explicó el hombre a Lopesca.

-Lo más curioso es que son unas confianzudas. Van a cualquier lado y buscan comida. Sin ir más lejos yo tenía un perro y le robaban la comida.

─Ah, bien. ¿Qué pasó con su perro?

─Murió de viejito.

─¿Ahora a quién le roban la comida?

─Bueno, a veces a la vecina de al lado, pero sus perros son malos, las espantan, vienen todas desplumadas.

─Ah, bien. ¿Alguna vez se quejó la vecina?

─Sí. Nos vino a decir que cuidáramos las palomas porque ella no respondía por sus perros. Las palomas estaban invadiendo su casa y ella no tenía la culpa.

─¿Qué sabe de su vecina?

─Que perdió a su familia hace poco. Está muy amargada la pobre…

─¿Qué pasó?

─Iban en un auto… su marido y su hermana… y chocaron contra un árbol. Murieron los dos.

─Ah, qué mal. Se debe haber sentido muy mal.

─Sí, está en tratamiento. Nosotros tenemos la llave de su casa y ella la nuestra, por cualquier cosa. Vio como es cuando uno está grande… Tenemos miedo que pase algo.

─Bueno, muchas gracias por su ayuda. Ha sido invaluable.

Lopesca se dirigió a la comisaría. El comisario la esperaba con novedades.

─¿Sabe qué averiguamos?

─¿Qué cosa?

─Alguien de la perrera municipal nos dio información sobre un perro muerto hace pocos días.

─¿Qué dijo?

─Que un doberman fue encontrado muerto en una esquina del barrio. ¿Sabe en qué esquina?

─Las lilas y Martiré.

─Exacto.

─¿Sabe de quién era el doberman?

─Imagino que ya lo sabe.

─¿Consiguió una orden?

─Aquí la tiene.

El patrullero se estacionó en la puerta de una casita de paredes grises. Los mismos perros que salieron el día anterior al encuentro de Lopesca se acercaron. La mirilla de la puerta se cerró con un golpe seco y lentamente, la puerta de adelante se abrió.

La señora Laurente, la dueña de casa, salió lentamente, estaba esperando que la fueran a buscar.

─¿Por qué lo hizo?

─Se llevaron a mi familia, ni a mi perro perdonaron. Esas palomas son mi desgracia… mataron a mi marido, a mi hermana y por culpa de ellas envenenaron a mi perrito. Mi perrito… el hijito que no tuve…

─Ahora va a poder estar contenida, señora. Ya no va a estar sola ─dijo la detective─, vamos, venga con nosotros.

Los policías acompañaron a la mujer a la comisaría. Allí la esperaban un médico y un par de enfermeras.

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