El misterio de la estatua durmiente

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El inspector Terreiro se enfrentaba a un nuevo caso. En esta ocasión, habíaestatua durmiente desaparecido la estatua de la “Madonna dormida” de una plaza central de la ciudad. Era la plaza más tranquila de Buenos Aires, con frecuencia se encontraba a alguien durmiendo en algún banco cercano o a los pies de la estatua…

El inspector se acercó al lugar, un bello espacio verde con un monumento central. Allí, en medio de flores pisoteadas se encontraba la tarima vacía, donde antes había estado la estatua. Algunos vecinos se habían reunido a observar el resultado del robo. Había niños y viejos, todos consternados porque la “madonna” era una bella obra de arte que todos solían contemplar de paso a sus actividades.

Terreiro comenzó a observar los alrededores. Una oleada de romanticismo lo embargó mirando las ramas florecidas de los jacarandás. La plaza era bellísima, unos jazmines coronaban la zona central y en cada uno de los senderos que llevaban hacia las esquinas se veían fuentes pequeñas que atraían a las aves a beber y darse un baño.

─¡Cuánta belleza! ─dijo en voz alta.

Y una anciana que estaba curioseando le respondió:

─Todo lo natural es bello…

─Sí, es cierto. Aunque también la obra del hombre puede tener belleza. Mire usted que robarse una estatua…

─Yo sabía que iba a pasar esto. Lo dije desde el día en que nos enteramos que esa estatua era mágica.

─¿Cómo es eso?

─Hay gente que viene a dormir aquí. Y no son vagos. Es gente a la que la contemplación de la madonna le produce un estado de sueño que no consigue en la cama.

─Ah… ─dijo el inspector mirando a la mujer con desconfianza.

Esa tarde el inspector se dedicó a reunir pistas sobre lo ocurrido. Comenzó dando un paseo por los alrededores. Eso lo llevó a encontrar una huella sobre el pasto, que lo conducía hacia una esquina. Allí, sobre la vereda, unos leves rastros de ruedas de goma le indicaron que ese había sido el sitio donde subieron la estatua a un vehículo. Miró a su alrededor, todas casas excepto un kiosco. Ese podría ser un buen comienzo.

Cruzó la calle y se entrevistó con el kiosquero, un hombre de cincuenta años, con poco pelo y mucha panza.

─Buenos días, soy el inspector Terreiro. Quisiera hacerle algunas preguntas.

─Sí, en seguida lo atiendo ─repuso el hombre mientras se apresuraba a guardar algo debajo del mostrador.

-¿A qué hora cerró anoche?

─Cerca de las doce. Estaba cansado de todo el día. Ayer no vino mi dependiente.

─¿Suele cerrar más tarde?

─Sí, normalmente cierro a las dos de la mañana.

─¿Tiene venta hasta esa hora?

─A veces sí, nunca falta algun trasnochado que compra algo.

─¿Su dependiente estuvo enfermo?

─Sí, eso dijo la madre. Él es muy joven, tiene veinte años.

─Entiendo.

─¿Vio algo sospechoso en la plaza ayer?

─No, la verdad no miro mucho enfrente.

─Claro, veo que tiene un televisor.

─Sí. Son largas las noches.

─Bueno, le dejo mi tarjeta por si recuerda algo.

─Muy bien. Gracias.

─¿Seguro que no vio nada fuera de lo común, ayer?

─Nada oficial.

─Gracias por su tiempo.

El inspector salió del local y volvió al centro de la plaza. En el camino se encontró con el cuidador.

─Buen día, hombre. ¿Cuál es su nombre? ─dijo Terreiro mostrando su placa.

─Soy José, cuido la plaza de día.

─¿Hay cuidador de noche?

─No. Yo me voy a las ocho de la noche y vuelvo a las diez de la mañana. ¡Qué terrible! Está lleno de vándalos.

─Sí… ¿Hoy encontró algo que le llamara la atención?

─¡Encontré la plaza sin estatua! ¿Eso le parece poco?

─Me refiero a si vio algo más… Tal vez alguna marca, alguna cosa tirada, algo que le llamara la atención…

─Nada inspector, lo de siempre, papeles de golosinas tiradas, suciedad de animales, pastos pisoteados…

─¿Dónde?

─Allí, por donde usted venía caminando.

─Ah, sí, claro. Bueno hombre, si encuentra algo fuera de lo normal me dice, yo voy a estar por aquí un rato más.

─Sí, señor.

Terreiro continuó inspeccionando, todo parecía en su lugar, la gente se había dispersado, solo quedaba un hombre de condición muy humilde sentado junto a una de las fuentes de pájaros.

─Buen día, ¿qué anda haciendo por acá?

─Me vine a ver qué pasaba. Anoche fue una noche muy rara y pensé que algo había…

─¿Por qué dice que fue una noche rara?

─Unas luciérnagas enormes andaban revoloteando por acá. Yo me dije que ni en el campo habría semejantes animalejos, pero era así. Se movían como locas, bailaban alrededor de la estatua. Y después se fueron por allá ─el hombre indicó con el dedo la dirección del rastro en el pasto.

─Entiendo. Bueno, ¿alcanzó a ver algo más además de las luciérnagas?

─Nada. Las luces de la plaza estaban apagadas.

─Ah, ¿sí? ¿Siempre están apagadas?

─No, pero anoche hubo un apagón.

─Entiendo. Bueno, y ¿algún ruido?

─Una especie de zumbido y un motor, había un auto estacionado, pero yo no lo vi.

─¿Usted en dónde estaba?

─En este banco. Durmiendo.

─¿No sintió curiosidad cuando escuchó los ruidos?

─Estaba muy dormido. Cuando me quiero dormir profundo vengo a este banco, si no voy a otro más allá.

─Entiendo.

El inspector siguió entrevistando gente, nadie le decía nada de relevancia. Todos coincidían en algo, siempre había gente durmiendo en los alrededores de la estatua. Pero lo curioso era que el kiosquero no había mencionado el apagón…

Llegó a su casa, allí lo esperaba su mujer. Le hizo un corto relato de su actual caso, a ella le interesaban mucho los detalles de sus investigaciones y no perdía oportunidad de intentar adivinar qué había pasado.

─¿Sabes una cosa? Lo más extraño es que hay mucha gente que piensa que la estatua tiene poderes mágicos.

─La gente es así, siempre quiere creer en algo maravilloso. Seguro que hay una explicación.

─Sí, pero primero tengo que encontrarla.

─Ya lo harás. Ven, están dando el programa de las nueve.

─Otra vez…

─Sí, ven un ratito aquí conmigo. Hoy canta León Suarez. Esperemos que no tenga la cara de dormido de siempre.

La pareja se sentó frente al televisor, comenzó el progama y el cantante favorito de la mujer comenzó a cantar.

─¿Has visto que buen semblante tiene hoy?

─La verdad no lo había notado. No estoy en esos detalles, mujer.

─El otro día comentaban en la radio que había recorrido cientos de médicos para que lo ayudaran a dormir, sufre de insomnios recurrentes.

─Ah, bien.

─¡No digas así! ¿No te importa nada?

─Mujer, estoy con la cabeza en otro lado…

Al terminar el número musical, el entrevistador le hizo algunas preguntas al cantante.

─Se lo ve muy bien, ¡por fin ha dormido! ─dijo antes de terminar la entrevista.

─Sí, encontré la forma de dormir por las noches.

─Me alegra, eso se nota en su buena actuación de hoy.

Esa noche el inspector soñó con estatuas. Eran estatuas con movimiento que danzaban en la televisión.

A la mañana siguiente, tuvo un impulso y volvió a la plaza.

─Buen día ─saludó al kiosquero.

─Buen día, inspector. ¿Otra vez por aquí?

─Dígame, usted me dijo que había cerrado a las doce la noche del robo.

─Sí.

─¿Había luz?

─Sí.

─¿Vio algún vehículo que le llamara la atención?

─Mire… Ví un camión de esos que usan en los noticieros. Pero lo veía seguido, no me llamó la atención.

─Entiendo. Muchas gracias.

El inspector volvió a la seccional. Estaba preocupado. Después de hablar con Bobadilla siguió dando vueltas alrededor de su escritorio. Iba mirando el piso y de repente chocó contra un compañero de trabajo.

─¿Qué te pasa? ¿Estás medio dormido?

─Algo así. Tengo un pálpito, pero ninguna prueba. No sé qué hacer.

─Contame.

Terreiro le relató todos los hechos. Y terminó diciendo:

─Pero nada de esto tiene mucho sentido. No se puede detener a alguien por una sospecha ridículamente fundada en una creencia.

─Tienes que ponerle una trampa.

─¿Cómo? No puedo entrar a la casa de un cantante por que sí. Además, es ridículo.

─A mí me parece que has tenido un golpe de suerte. Ahora debes acompañarlo con más investigación.

─Es cierto. Voy a continuar pensando.

En eso se acercó Bobadilla, trayendo medias lunas.

─¿Quiere una, inspector?

─Gracias, voy a comer una. ¿Te estas ocupando de los testigos?

─Puse un aviso en el diario local y además arrojé volantes en la plaza. Si alguien vio la camioneta y quiere una recompensa, nos llamará.

─Muy bien hecho, siempre puedo contar contigo.

Mientras esperaban una llamada, el inspector buscó la forma de acercarse al cantante. Visitó los sets de televisión y habló con el productor del programa en el que había cantado noches antes. Así consiguió su teléfono y dirección. Y sin pensarlo dos veces se dirigió allí.

Al llegar a la casa, en los suburbios de la ciudad, encontró un bonito chalet con un gran portón. Se acercó a mirar los rastros y vio las mismas marcas que había visto en la plaza.

─Estuvo aquí ─se dijo, y se dirigió al timbre para anunciarse.

Una señora de edad avanzada se acercó a la puerta.

─Quisiera hablar con el señor León Suarez ─dijo el inspector mostrando su placa.

─Como no, señor. Enseguida le aviso.

Hay casos que son extraños, que se salen de lo usual entre policías y ladrones. Hay casos en que alguien hace algo que no debe, pero está consciente de ello y lo vive con pesar.

Este era el caso que lo ocupaba a Terreiro. Apenas traspasó el umbral de la puerta, el cantante se acercó y le dijo:

─Yo sé por qué está acá. Lo lamento enormemente. Pero no podía seguir así. Hacía muchos días que no dormía.

─¿Usted robó la estatua?

─Era lo único que me ayudaba a dormir. Cuando me enteré de que había una estatua que tenía el poder de hacer dormir a quienes se acercaban, no lo dudé. Pasé noches junto a ella, pero entiéndame, no podía exponerme demasiado, pasaba unas horas y me volvía. Pero necesitaba más y decidí traerla a casa. Allí la tiene.

El inspector miró por la ventana que daba al jardín. Allí estaba la madonna, en perfectas condiciones.

─Sabe que va a tener que acompañarme.

─Sí, lo sé.

Después de llevar al improvisado caco a la seccional, Terreiro se dedicó a investigar los poderes de la estatua. Resulta que estaba hecha de un material extraño, un escultor había tenido la picardía de poner un compuesto de una planta somnífera en el material. El efecto se sentía cuando la humedad del rocío de la noche tomaba contacto con la estatua.

En fin… hay casos que son extraños, pero más extraño es lo que la gente cree a veces.

 

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