El borrador malvado

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ladronEra un pueblo no exento de malvados consuetudinarios. Algunos robaban, otros maltrataban animales o publicaban cosas horribles sobre gente que nada había hecho. Pero el más malvado de todos era Truhán, el maléfico borrador de recuerdos.

Desde muy pequeño mostró sus malas artes borrando con goma blanca los dibujos de sus compañeros de jardín. Luego siguió borrando tareas en la escuela y en la secundaria borraba los boletines de calificaciones de sus compañeros. Nada se comparaba, sin embargo, con lo que sería su futuro en la delincuencia.

Llegó a esa etapa cuando sufrió un grave traspié: se le manchó una revista de historietas de Batman, en la que su personaje más admirado era El guasón. Semejante pérdida lo hizo reflexionar sobre la importancia que tenía para los demás los recuerdos. Fue así que tomó una tremenda decisión. Comenzó por no dormir de noche. Cambió la noche por el día y salió a recorrer el pueblo con la temeridad de la luna y la impunidad del silencio.

Fue entrando casa por casa, revisando los efectos personales de los habitantes. Hasta que detectaba con su especial intuición aquellas cosas que significaban algo o que recordaban alguna satisfacción. ¿Cómo sabía cuáles eran esas cosas? Era muy fácil, reconocía aquello que lo hubiera hecho feliz y no tenía y, sin dudarlo, lo borraba con una goma gigante.

El asunto era que no todas las cosas podían ser borradas. Lo más fácil eran las fotografías, pero lo más difícil eran las piedras que la gente trae de sus excursiones de exploradores. Por eso, a veces se llevaba cosas consigo y fue así que comenzó a reunir un montón de recuerdos ajenos.

En su guarida, alejado de todo, pasaba horas mirando los recuerdos ajenos. La mayoría eran recuerdos alegres, reuniones, salidas, vacaciones, graduaciones… Pero también había algunos no tan alegres, separaciones, peleas. Todos los recuerdos le resultaban curiosos porque él vivía alejado de todo y no tenía buenos recuerdos propios.

Un día, volviendo de sus rondas nocturnas, trajo un recuerdo más. Este era un recuerdo distinto, vivo, tangible. ¡Era un perro!

Sin saber muy bien qué hacer con el animal, se dedicó a lo que hacía siempre. Pero el canino se interpuso en todo lo que él iniciaba. Rompió fotos, rompió libros, masticó piedras. Era tanto lo que el perro lo perseguía y se inmiscuía en lo que él quería hacer que, finalmente, decidió echarlo. Le abrió la puerta y lo empujó hacia afuera. Pero el animal no caminaba, solo se dejaba arrastrar, mirándolo en forma lastimera y con un leve quejido.

Ya se había desecho del animal. Volvió a revolver recuerdos ajenos con avidez. Eso le había proporcionado cierta satisfacción, parecida a la alegría, pero ahora, se daba cuenta de que no era suficiente.

Mientras tanto, en el pueblo se comentaba de los robos. Se comenzó a buscar al culpable y se organizaron investigaciones y redadas. Pero no encontraron nada. Hasta que el perro desaparecido dio lugar a una búsqueda más intensa. Cuando encontraron al perro dieron también con el ladrón. Se encontraba alimentándolo y haciéndole caricias.

En la casa del ladrón encontraron los recuerdos robados, pero no pudieron hacer nada con el perro. Parece que se había encariñado con el ladrón y lo siguió hasta la cárcel y lo esperó a que cumpliera su condena.

El ladrón encarcelado ingresó a un proyecto nuevo, en la cárcel le dieron clases de fotografía y pintura, con lo que, al salir, se dedicó a retratar recuerdos para los demás.

Un detalle…la primera foto que tomó fue la del perro, su primer buen recuerdo.

 

 

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