Leyenda de la lechuza y la luna

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Cuenta la leyenda que había, en un pueblo cercano a un bosque, una bellísima joven de blancos cabellos, que todas las mañanas corría hasta el río y miraba su reflejo.

Cerca de allí, vivía un joven que estaba enamorado de la bella. La veía todas las mañanas en el río, sin que ella notara su presencia.

Los dioses estaban muy apenados de la suerte del muchacho, porque él era muy buen hombre y no tenía ojos para otra mujer. Se decían entre ellos que deberían hacer algo para evitarle tanto sufrimiento. Sabían que la joven solo admiraba su espejo.

Pasaron días, meses y años. La joven seguía siendo hermosa. Le fueron presentados muchos guerreros para que eligiera marido y ella no aceptaba a ninguno. El joven enamorado también pasó por sus ojos y sin embargo, ella no lo miró.

Los dioses estaban enojados con la joven, tanto que un día decidieron ponerle una prueba.

Enviaron a la Tierra a un joven celestial. Este hombre tenía un espejo mágico.

Nuestro joven se dirigió al río, de mañana.  Allí se encontró con la bella que se contemplaba en el agua y se sonreía. La saludó y se quedó hablando con ella. Le contó de su espejo y ella se mostró interesada en verse reflejada en algo que no fuera el agua.

Al verse, la joven quedó horrorizada. El objeto mostraba a una mujer simple, con cara de cansada, ojeras y muchas arrugas.

Lloró y lloró por varios días, hasta que logró reponerse. Sus padres le preguntaron cuál era el problema y ella no quiso decirles que se había dado cuenta que había perdido su belleza.

Pero el joven enamorado seguía viéndola desde lejos. Cuando ella retomó sus visitas al río, juntó coraje y se le acercó. Al llegar le dijo palabras dulces y tiernas y elogió su belleza como si nada hubiera pasado.

La joven, sintiendo que ahora nada podía esperar debido a su repentina fealdad, accedió a considerar al joven para que fuera su marido.

Los dioses se dijeron entonces que el muchacho no debía correr esa suerte. Él merecía a alguien que lo quisiera y lo valorara por lo que era. Así fue que volvieron a enviar al joven celestial a hablar con la joven. Y este le volvió a mostrar el espejo. La mujer sintió un gran alivio al ver su rostro bello nuevamente. Y se marchó a su casa tan feliz que ni siquiera saludó a su enamorado. Él la siguió, intentó hablar con ella, pero no logró que ella le prestara atención, volviendo a su casa triste y desesperado.

Los dioses volvieron a intervenir. Habían decidido castigar a la joven. Para ello le dieron la forma de un espejo gigante y la hicieron subir al cielo, donde brillaría de noche y nadie podría alcanzarla.

Nuestro joven enamorado lloró y lloró. Al fin los dioses se apiadaron de él y lo convirtieron en lechuza, para que viviera de noche y pudiera seguir contemplando a su enamorada.

Se dice que las noches de luna llena, los ojos de la lechuza se encuentran con los ojos de la luna y al fin la muchacha comprendió que la mayor belleza está los ojos enamorados.

Meg

6-03-16

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