Violeta, la vaca que perdió su mancha

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Esta es la historia de una vaca que se llamaba Violeta y que vivía en un hermoso campo de la Provincia de Buenos Aires.

Violeta era una vaquita joven, un poco distraída. Su piel era del color del chocolate y sobre su lomo lucía una enorme mancha blanca Ella se sentía orgullosa de su gran mancha porque era un distintivo de su familia y siempre estaba muy limpia y brillaba con el sol.

Ese verano hacía más calor que nunca. Violeta andaba con la lengua afuera porque el agua que tomaba estaba tibia y sólo le daba más sed

─No es justo ─pensó─ los bebederos de las vacas están a pleno sol y tenemos que tomar agua tibia como leche merengada. ¡Ah! Pero el agua de los caballos… ─se relamió.

En los establos el agua estaba a la sombra y se mantenía fresca todo el día. Allí empezó a ir nuestra amiga a la hora de la siesta. Agachadita, por detrás de los árboles, se colaba para tomar unos sorbitos de líquido fresco y transparente.

Un día, tenía tanta sed que, con el apuro, pasó por una higuera y se enredó con las ramas. Forcejeó un ratito con el árbol y se desprendieron unos higos negros, enormes, que cayeron al piso delante de ella.

─Hoy estoy de suerte ─pensó Violeta─ quizás sean los últimos de este verano.

Y después de devorar el exquisito postre continuó rumbo a las caballerizas.

Al volver con la manada se encontró con su amiga Etelvina.

─¿Qué te ha pasado, Violeta? ─preguntó Etelvina, extrañada.

─Pues nada ─respondió Violeta─, ¿por qué?

─Te noto rara… como cambiada.

Violeta se miró la panza pensando en su atracón de higos.

─Será el reflejo del sol ─respondió─, a mí a veces me hace ver las cosas de otro color…

─¡Color! ─repitió Etelvina─ ¡Violeta! ¿Qué le pasó a tu mancha? ¡Ha desaparecido…!

Violeta se quería mirar el lomo y estiraba la cabeza para los costados, pero no lograba ver más que la marca de la estancia estampada sobre su nalga: un círculo con las iniciales ES (Estancia Soleada). Caminaron juntas hasta una laguna y allí pudo comprobar que, efectivamente, su hermosa y brillante mancha ya no estaba…

Cerca de allí andaba jugando Axel, un nene chiquito y travieso a quien le encantaba trepar a los árboles. En el campo no había árbol que sus desflecadas alpargatas no hubieran pisado.

Ese día estaba trepando una higuera para hacer una siestita, cuando se encontró frente a algo realmente raro.

─¿Qué será esto? ─se preguntó, moviendo la cabeza de un lado a otro.

─¿Será una sábana que se soltó de la soga? ¿o una alfombra voladora? o …

Al final se dio por vencido y se puso a pensar qué podría hacer con esa cosa blanca, suave y tan liviana

─¡Ya está!  ¡Servirá para hacer un enorme barrilete! ─dijo entusiasmado, y se fue para la casa a comenzar con el trabajo.

Se fueron los últimos días del verano. Violeta y Etelvina seguían recorriendo el campo en busca de su mancha. El otoño se instalaba en el campo trayendo remolinos de tierra y hojas amarillas cuando ocurrió lo que tanto esperaban:

-¡Violeta! ¡Mirá hacia arriba! ¡Allá va tu mancha, atada con un piolín!

El mugido de Etelvina hizo volar a los patos que a esa hora se bañaban en la laguna…

Violeta se quedó muda, inmóvil, mirando hacia el cielo con la boca abierta y los ojos redondos, como una vaca…. No podía entender que su mancha estuviera… …¡VOLANDO!

─Patitas pa’ que te quiero ─dijo Violeta, y salió corriendo hacia donde estaba Axel remontando su barrilete nuevo.

─¡Qué suerte que encontraste mi mancha! …pensé que no la iba a ver más ─y estiró una de sus patas delanteras para que Axel se la regresara.

Axel no estaba dispuesto a perder su juguete y menos después del trabajo que le había dado. Así que, miró para otro lado y siguió remontando la gran mancha.

Violeta se echó a llorar al comprender que no se la devolvería y se alejó despacito, arrastrando las pezuñas y con la cabeza gacha.

─No te preocupes, encontraremos la forma de recuperarla ─Etelvina la consoló─. Al menos ya sabemos dónde está.

Al rato dijo contenta:

─Se me acaba de ocurrir algo, escucha bien ─y le contó el pequeño plan que había estado rumiando.

Axel seguía remontando su barrilete cuando llegaron las dos al trotecito. Se acercaron y Etelvina comenzó a sacudir su cola sobre la nariz del nene. Axel quiso espantarla pero al dar unos manotazos se le soltó el piolín. Ahí fue cuando Violeta lo atrapó con sus dientes y salió corriendo seguida por su inseparable amiga, mientras Axel, confundido por la treta, miraba atónito cómo se alejaban las dos vacas bandidas.

Violeta estaba tan contenta que siguió corriendo sin parar. El viento del Sur soplaba con más fuerza que nunca y, cuando iba llegando a la cima de una sierra, la empezó a elevar junto con el barrilete.

Etelvina miraba desde abajo. No lo podía creer. Le gritó:

─¡Soltalo, Violeta! Bajá pronto que las vacas no vuelan…

Pero Violeta no le hizo caso. Disfrutaba tanto de su vuelo que ni se le ocurrió pensar que algo malo pudiera pasar. Y parece que tuvo suerte porque cuando el viento amainó Violeta aterrizó de maravillas.

Y a partir de ese día, en lugar de ponerse la mancha sobre el lomo, Violeta se quedó con el barrilete. Dicen que, en los días que sopla viento del Sur, se la puede ver en el cielo de Buenos Aires como una gran mancha de chocolate con leche entre las nubes…

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2 comentarios sobre “Violeta, la vaca que perdió su mancha

    David Rubio escribió:
    3 mayo, 2018 en 10:43 pm

    Precioso cuento, Mirna. Tan visual y narrado con tanta agilidad que es un puro placer para el lector acompañar a Violeta, por tierra y por aire. Un fuerte abrazo!!

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      mireugen respondido:
      3 mayo, 2018 en 11:59 pm

      ¡Muchas gracias, David! Es un enorme placer tenerte por aquí . Un abrazo

      Me gusta

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